
Al parecer en este país hay una larguísima fila de personas públicas esperando su turno para decir estupideces, siempre tratando de opacar la anterior y cautivar a los medios por al menos un día. Cuando no es el presidente es algún secretario o algún político, tenga cargo real o imaginario. Y si por alguna razón la casta política nos ofrece un respiro, viene al rescate alguna desgracia de la casta del entretenimiento, sea una golpiza al Fabiruchis o unas nalgas mal inyectadas de la Guzmán. Pero si persiste un resquicio de silencio mediático, la casta religiosa que monopoliza este país se apunta a este concurso implícito de abrir la boca para ver qué sale.
En esta ocasión se trata de un anciano travestido (¿no usan estos hombres de dios, faldas y no pantalones?) que afirma que los transexuales y los homosexuales “no entrarán al reino de los cielos”. Se saca un poco el chaleco de la responsabilidad diciendo que no lo dice él, sino San Pablo. Uff, qué alivio, porque si lo hubiera dicho él, Javier Lozano Barragán, yo diría entonces que el cardenal mexicano es un retrógrada y un intolerante. El hombre asegura con la certeza que da la ignorancia y la falta de evidencia científica que no se nace homosexual, “sino que se vuelve la persona, por motivos de educación, por no haber desarrollado la propia identidad en la adolescencia”. En otras palabras, las puertas del cielo se les cierran en las narices por algo en lo que no tienen responsabilidad alguna. Ah, los caminos del Señor son misteriosos, la respuesta automática para cualquier incongruencia/injusticia divina.
Al menos todavía no hay prueba alguna de que los niños violados se vuelven homosexuales, pues de ser así, sería la misma iglesia católica, junto con los coleguitas de sotana de nuestro querido Cardenal, la mayor fábrica de homosexuales en el mundo. Baste ver el récord personal de ese sacerdote irlandés o del ponderado padre Maciel. Por otra parte, yo no recuerdo en ningún momento haber “decidido” volverme heterosexual, pero supongo que tuve suerte de que haberme desarrollado en la orientación predilecta del Señor, que se ofende con tanta facilidad por la vida privada de las personas, y en cambio, pasa por alto cosas realmente terribles.
Y sí, los homosexuales no van al cielo. Pueden ir los pederastas (siempre y cuando sean heteros), los narcos (siempre y cuando hagan donaciones), los políticos (siempre y cuando lleven una buena relación con el clero), los asesinos, los ladrones, los violadores, y prácticamente cualquier persona católica que a pesar de haber cometido los crímenes más deleznables, se confiese antes de morir. Pensándolo bien, después de todo, el cielo no suena como un buen lugar. Los gays, en cualquier caso, deberían de ir al “Noa Noa”.
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El otro día vi la película de “Hermanastros” (Stepbrothers, 2008), una producción de Judd Appatov dirigida por Adam McKay. La trama es simple: Dale Doback (John C. Reilly) de 40 años, vive con su padre Robert, mientras que Brennan Huff (Will Ferrell), de 39, vive con su madre, Nancy. Cuando Robert y Nancy se casan, todos deben vivir juntos, y Brennan y Dale se convierten automáticamente en hermanastros. Ambos son inmaduros, narcisistas y flojos. La película me hizo reír mucho, pero también me puso a pensar. Parte de la hilaridad de la situación es que en Estados Unidos es impensable que dos hombres de esa edad vivan con sus padres, lo que hace anormales a sus personajes. En ese país los jóvenes aspiran salir de su casa e independizarse en cuanto terminan la preparatoria. Los que no lo logran son vistos como fracasados. Pero en México es otra historia. Acá tenemos lo que yo llamo “el fenómeno querubín”.
A pesar de que es común que las mexicanas solteras vivan en casa (a menos que estudien o trabajen en otra ciudad, obviamente), el querubinismo es exclusivo de los varones. Las mujeres generalmente contribuyen ya sea con su sueldo a la economía familiar o bien colaborando en las labores del hogar. Los querubines, en cambio, son apapachados en su totalidad por las madres, que cocinan para ellos (un querubín, ya se sabe, no puede preparar sus alimentos ni lavar un traste), lavan y planchan su ropa, y les permiten estar sin contribuir ni con un peso, pues es común que los querubines estén desempleados, ya sea porque son eternos estudiantes o tienen una fuerte afición al sofá y los videojuegos. El clásico querubín mexicano y su mancuerna materna están encarnados por los legendarios personajes de Gordolfo Gelatino y su mamá doña Naborita Gelatino, de los Polivoces.
La típica madre de una criaturita celestial, además, es una suegra difícil de complacer, lo que perpetua la soltería del hijo en cuestión: ninguna mujer será suficientemente buena para su querubín. Algunos angelitos, desde luego, ni siquiera están interesados en las mujeres, pero hay otros, que esperan a la esposa mítica que pueda atenderlos como su madrecita santa. Conozco muchos casos de querubines que ya se pasan de maduros. Me pregunto si la película de Hermanastros tuvo algún éxito en este país, donde la regla es no salir de casa. Tal vez por eso no la vi nunca en cartelera.
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Me sorprendió descubrir unas cuantas presentaciones de libros en la feria del libro de este año. Aunque la lógica dictaría que, como en otras ferias de esa índole, los eventos trataran precisamente de autores presentando sus libros, en la versión tampiqueña se ven superados por otras actividades artísticas, que aunque valiosas, no deberían ser iguales o mayores en número, creo, a las presentaciones de libros. En los últimos años hemos venido viendo cómo la feria del libro se “deslava” paulatinamente, alejándose de su propósito y coqueteando más con los espectáculos populares. Nada de malo con estos últimos, pero entonces tal vez el nombre del evento tendría que replantearse con seriedad. Mientras tanto, hablaré de una de esas escasas presentaciones.
El viernes 20 de noviembre, a las 19:00 horas, la poeta Gloria Gómez Guzmán presentará el libro Hay un jardín (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009), escrito por Marco Antonio Huerta. Él nació en este puerto en 1978 y es licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Ganó el premio “Carmen Alardín” en 2005 por su trabajo La semana milagrosa, publicado por Conarte. Marco fue becario del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes durante el año 2006. Ha publicado en varias revistas de circulación nacional, como Armas y Letras, Papeles de la Mancuspia, Metrópolis, Cultura Urbana y en Periódico de Poesía. Sabemos que hay poetas a los que les da por “inflar” sus currículum de una forma casi grosera, por lo evidente de las mentiras, o por la ambigüedad de las afirmaciones. Hay quien se inventa becas, cambia el nombre de las instituciones, etc. Con Marco resulta justamente lo contrario. Y por supuesto que todos sabemos que aún las listas más largas y gloriosas de hazañas literarias son irrelevantes a la hora en la que el lector se enfrenta a uno de sus libros. En el caso de nuestro poeta en cuestión, Hay un jardín no sólo es evidencia de su sólida trayectoria, sino que supera todas las expectativas.
El libro de Marco Antonio Huerta evoca a través de un bello y efectivo lenguaje naturalista, la nostalgia de ese Edén de la infancia que ha pasado, y él vuelve a retomar esos espacios del pasado con renombrado asombro, creando así una metáfora de la vida en sí. No hay desperdicio. Los invito este próximo viernes a asistir a su presentación en la plaza, y de ser posible, adquirir el libro. No se arrepentirán ni de una cosa ni de la otra.
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La madrastra de Blanca Nieves solía coercionar al espejo para que le dijera que era la más bella. De hecho, fue más allá y trató de eliminar a su única competencia (se ve que la fealdad imperaba en aquel reino), para que el espejo no tuviera que mentir. Pero resulta que a veces el espejo intenta retratar la verdad y somos nosotros los que vemos lo que queremos ver. Y así como las anoréxicas se perciben con muchos más kilos de los que en verdad tienen, las personas que padecen de lo que algunos llaman “buenorexia”, se ven mucho más atractivas de lo que son.
A la buenorexia le podemos atribuir gran parte de las cosas que luego vemos por la calle y nos hacen voltear dos veces, inevitablemente, porque no podemos creer lo que vemos. Cierto, a veces la moda propone diseños que no se le ven bien ni a Shakira o Beyoncé, por poner un par de mujeres con cuerpos envidiables, y por ende, es imposible que a las mortales comunes nos favorezca de ningún modo. Si a eso le sumamos que la buenorexia distorsiona la realidad profundamente, los resultados son desastrosos. Una mujer que sufre de buenorexia, por ejemplo, pasa por alto su sobre peso y se pone ropa que no le favorece en absoluto. O bien, se compra alguna prenda un par de tallas más pequeñas de lo que su cuerpo puede manejar. De allí esos pantalones a la cadera que dejan salir unas lonjas que hace que la parte en cuestión parezca uno de esos muffins o panquecitos con envoltura roja. O esas blusas top que muestran vientres abundantes y sin forma. No olvidemos que México tiene el primer lugar en obesidad en el mundo, y que de México, Tamaulipas se lleva la presea.
Como la anorexia y la bulimia, esta enfermedad suele atacar con mayor frecuencia a las mujeres, pero ciertamente también provoca estragos en algunos hombres. Playeras hechas para lucir músculos que no existen, cinturones que presumen ser de una talla menor y se esconden debajo de una panza gigantesca, disfraces de Indiana Jones o de poeta maldito, etc.
Es válido decir a favor de que quienes visten así tienen un alto concepto de sí mismos, una gran autoestima que no se somete a las imposiciones de la sociedad que dice que los cuerpos tienen que ser delgados. Pero yo sigo pesando que hay quienes malinterpretan al espejo.
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Esta fue la semana de las declaraciones estúpidas. A saber, las del sub-secretario de agricultura (Juan Camaney castrador de dinosaurios) alabando la eficiencia en el campo de los narcos y las del presidente en cuanto a las empresas que “no pagan impuestos”. Esas metidas de boca (que no de pata) que hacen quedar a Fox como un intelectual, nos distrajeron de la “austeridad republicana” que proclama el señor López y los tenis Louis Vuitton modelo Kayne West de 900 dólares, que traía su retoño en esa protesta en defensa del SME. Los detractores alegan incongruencia (el AMLO junior tiene por hobby pasear en yate), mientras que sus defensores dicen que el chico trabaja y tiene derecho de gastar su dinero como mejor le plazca. No voy a cuestionar que su nómina la cobre del gobierno del DF (no, eso sería mirarlo con cierto sospechosismo creeliano). Seguro que tiene su chamba por mérito propio, seguro. Pero todo esto de los tenis de diseñador (sólo se vendieron 20 pares en todo el país) me puso a pensar en el lujo.
Había un comercial en el que una mujer alegaba que tal cosa (no recuerdo el producto que vendían, bendita mercadotecnia) era un lujo, pero ella creía valerlo. Pero no necesito a la televisión abierta y sus anuncios para concluir que muchas personas equiparan su valor personal con el precio/marca de las cosas que poseen. Asumen que el lujo les dará (o compensará por) algo que no tienen o no son. Y aunque los que tienen más dinero suelen gastar más en lujos, no es una regla. Hay gente con buena situación económica que es austera y pragmática en sus adquisiciones, y hay quien vive siempre en deuda con el banco, la tienda departamental y los amigos, sólo para poseer cosas que superan su ingreso real.
No discuto aquí que la calidad de las cosas “suele” (mas no siempre) tener un precio mayor. Por ejemplo yo que corro, sé que hay diferencia entre unos tenis cualquiera, y unos diseñados para correr. Mis pies, mis articulaciones, la ausencia de ampollas lo prueban. Eso no quiere decir que deban ser el último modelo de la marca en voga. Me conformo con un modelo de hace un año o dos (a menos de la mitad, sólo por eso) y de marcas que no son para lucir, sino que aseguran buen desempeño y casi nadie que no corra, conoce. 30 dólares y los uso por unos 4 años.
Conozco personas que son un anuncio ambulante de marcas lujosas. Caminan con cierta altivez, pensándose superiores a los “desmarcados”. Tal vez su vida es tan vacía que temen que si vistieran genéricamente, no tendrían nada que los distinguiera del resto de los habitantes del planeta. Ni cultura, ni inteligencia, ni una postura, ni ideales, ni congruencia, ni logros personales. Como decía Sabina de Cristina Onassis: “era tan pobre, que no tenía más que dinero”. Eso es triste.
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October 25, 2009 · 1 Comment

Otra vez hablo de una película que no llegó a las salas de cine tampiqueñas. Sin duda un megachurro joliwudense o una película mexicana impuesta por ley y que nadie quería ver, ocupaban todas las salas disponibles. Se trata de Persepolis (Francia, 2007), basada en las novelas gráficas de Marjane Satrapi, que cuentan a su vez la vida de la autora.
Es pues una autobiografía visual que cuenta la historia de una niña iraníe durante la revolución islámica, cuando los fundamentalistas tomaron el poder para no soltarlo ya. Marjane crece en un hogar de ideas progresistas y libres, donde se lee y se discute, donde las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Con tan sólo nueve años, es inteligente y temeraria, y burla a los “guardianes sociales” descubriendo así la música punk, o grupos como ABBA y Iron Maiden, prohibidos por el régimen. Mientras, su tío es ejecutado por sus ideas, las bombas caen día y noche sobre Teheran por la guerra con Irak y el miedo permea todos los aspectos de la vida de la protagonista.
Marjane crece y su caracter desafiante y libre hace que sus padres se preocupen por su seguridad. A los 14 la mandan a una escuela en Austria. Sola y vulnerable enfrenta a su adolescencia en un país desconocido. Con el tiempo termina por ser aceptada y experimenta el amor, pero sufre de una fuerte nostalgia por su país. Aunque significa ponerse el velo y vivir en un sociedad tiránica, Marjane regresa a casa. Tiene muchos problemas para ajustarse, estudia y se casa, sin dejar nunca de protestar por la hipocresía que vive. A los 24 acepta que no puede vivir en Irán y toma la difícil decisión de irse por siempre a Francia.
En Persepolis la trama fluye sencilla y sutil; la música es bellísima, tanto como las voces de los personajes, nítidas y pausadas, un contraste con la realidad que viven sus personajes. Lo más hermoso es la animación en blanco y negro, con pocos, pero contudentes detalles. El título viene de la capital persa fundada en 6 A.C. por Dario I, destruida más tarde por Alejandro Magno. Es un recordatorio de que Iran, una civilización antigua, atormentada por olas de invasores a lo largo de miles de años, es más compleja y profunda que lo que la actualidad permite ver. En otras palabras, una monocultura fundamentalista, fanática, y terrorista, dirigida por un hombre que niega el Holocausto, que abiertamente quiere borrar a Israel del mapa, tiene la pena de muerte para sus detractores, y una buena reserva de uranio por si las moscas.
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October 17, 2009 · 1 Comment

59, el año del error
Normalmente no leo los libros que me recomiendan (o peor, los que me regalan o prestan con la consigna de leerlos). Casi siempre son de autoayuda o vienen de personas que jamás leen y cuando por casualidad lo hacen quedan tan afectadas (para bien o para mal) que creen que el resto del mundo tiene que compartir “su experiencia lectora”. Por otra parte, como ya se sabe, yo suelo equivocarme y con más frecuencia de lo que me gusta aceptar. Pues bien: han llegado a mis manos algunos libros de temas inesperados y de parte de personas que respeto y admiro.
En uno de ellos me enteré muy gratamente de que Librado Rivera, “el último magonero”, después de la muerte de Ricardo Flores Magón, vivió en el puerto de Tampico y desde aquí continuó con la labor de su amigo. Yo no tenía idea de que esta ciudad donde vivo llegó a ser el corazón de la guerra social, bullicioso con el sindicalismo revolucionario. Librado se incorporó al grupo anarquista de los Hermanos Rojos, de Villa Cecilia (ahora Ciudad Madero), un grupo que editaba los periódicos El pequeño grande y Sagitario. Este último tenía circulación nacional y también llegaba a manos de anarquistas de otros países. Librado Rivera era víctima de la censura por parte del presidente Plutarco Elías Calles y todo el aparato represivo del Estado, que no estaba nada contento por las críticas que de él y su gobierno se hacían en las páginas de Sagitario.

Librado Rivera y Ricardo Flores Magón
Las palabras, ya se sabe, alarman de manera importante a los tiranos. Su miedo es proporcional a su avaricia, a su mano dura, a sus pretensiones de estar por siempre amarrados al poder. Por lo mismo, Librado es encarcelado una y otra vez en Andonegui sin ningún cargo real. Se le persigue, lo despojan, destruyen su pequeña imprenta, lo amenazan, lo reprimen. Todo con tal de que sus ideas y sus críticas no lleguen a más personas. Y uno pensaría que 1923 está en el pasado. Hasta hace unos tres sexenios en este país nadie podía hacer una broma sobre el presidente en turno. Pero no hay que cantar victoria, en absoluto. Si bien ha habido algunos avances (la burla abierta, crítica explícita y la caricaturización cotidiana de los presidentes panistas, por ejemplo, es algo inédito en nuestro país), no hay que irse tan lejos en el tiempo ni en el mapa para encontrar que lo que pasó Librado Rivera no es cosa del pasado.

“Porno para Ricardo” es una banda punk cubana. A diferencia de su paisano Silvio Rodríguez que canta rebonito “vivo en un país libre…”, o el bien nutrido de Milanés (milanesa con papas fritas), Gorki Águila (el vocalista y director de la banda) critica al régimen de los Castro Bros. Su música está prohibida en Cuba y a lo mucho pueden hacer un concierto al año (siempre clandestinamente) porque el aparato del Estado cubano los tiene en la mira. Librado Rivera llamaba al presidente Calles “parásito” y era considerado “enemigo del gobierno”. Gorki Águila le llama “tirano” y es considerado un “enemigo de la revolución”. A Librado lo arrestaron varias veces en Tampico sin ningún cargo y de igual manera le dictaron sentencias por delitos inexistentes. A Gorki lo han arrestado también por “peligrosidad social” y por “conducta predelictiva”. (1984, George Orwell, double-talk anyone?). Librado consigue salir gracias a que sus amigos de los movimientos obreros y anarquistas del resto del país y del mundo hacen todo lo posible para liberarlo. De igual manera, la solidaridad internacional ha presionado al gobierno de Castro para liberar a este chico punk.
“Patria o muerte”, gritan los fascistas (que los hay de todos colores y alas). “Porno par Ricardo”, en cambio, es lo contrario a eso. Patria es la masa anónima, Ricardo es el individuo. Muerte es el cese de la vida, Porno es vida, gozo, placer. Por eso no se encuentran rastros del anarquismo que tuvo una gran efervescencia en el puerto de Tampico. Calles no iba a permitir que quedaran pruebas de quien disentía. De igual modo, en Cuba es ilegal la música de “Porno para Ricardo” y no me extrañaría que si pudiera, el Estado destruyera todos los discos que la banda regala clandestinamente al pueblo. Las palabras, escritas o a viva voz, incomodan. Son prueba latente de la vida. De libertad. Por eso los dictadores tratan de aplastarlas bajo sus botas. Los de antes y los de hoy. Creo que mientras pueda, me haré de uno de esos discos que le ponen las barbas de punta al viejito de los pants Adidas, rey de la isla.

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October 11, 2009 · 1 Comment

Quién no ha padecido a los estrógenos, o miente o es anacoreta o tiene una vida tan mala que las hormonas no hacen diferencia alguna, lo cual es bastante triste. Para el resto de los mortales, es un calvario recurrente y mensual. Las mujeres nos sentimos los títeres del estrógeno, y los hombres, el público espectador que recibe zapes sólo por mirar. No sé si las feministas vayan a lapidarme por esto, o si los que creen fervorosamente en el libre albedrío quieran unírseles, pero yo creo que durante ciertos días antes del periodo menstrual (el infame PMS por sus siglas en inglés), las mujeres dejan de ser ellas y se convierten en alguien más. No somos nosotras mismas, y por lo mismo, no deberíamos ser responsables por completo de lo que pudiéramos hacer o decir durante esos días.
Todo lo que pido es un poco de piedad, vaya. O al menos la misma paciencia que le guardamos a un motor que se rehusa a encender o al congelamiento de la pantalla de la computadora, ante lo cual sólo podemos levantar el cofre y mirar pasmados, o presionar teclas a diestra y siniestra. Quienes son lógicos y medianamente inteligentes no creen que una máquina no quiera colaborar o esté fallando con alevosía y descaro. Pues bien, una mujer antes de su ciclo menstrual tampoco se propone perder la paciencia por nimiedades, ni soltarse a llorar ante la menor insinuación, la que sea, ni explotar en un enojo que parece incomprensible. Tampoco retiene agua por gusto, ni sucumbe a un enorme apetito nomás porque sí, ni se apunta por su voluntad en la fila donde se regalan los cólicos y los senos sensibles.
No. Al contrario. Es algo esquizofrénico, como si una personalidad ajena tomara control de nosotras, por poner un símil psiquiátrico. Es como si nos poseyera un demonio (de allí de lo del genio de los mil demonios), si nos queremos poner bíblicos para las comparaciones. O como si un Coyi Kabuto se metiera en la cabina de control de su Mazzinger Z, si queremos ponernos nostálgicos por las caricaturas ochenteras. Pero la idea es esa. Lo peor, sin embargo, es la conciencia de que estamos actuando de cierta manera y no podemos hacer nada al respecto. Esa falta de control, a mí al menos, me aterra. Y jamás me he sentido más sola, abandonada e incomprendida que cuando alguien se enoja conmigo por mi manera de actuar durante esos días.
No quiero ni imaginar qué será el descontrol hormonal de la menopausia. Sólo habrá que pedir paciencia, harta paciencia, mi querido Solín.
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September 26, 2009 · 8 Comments

Uno cree que educa a los hijos de cierta manera, con las cosas que uno considera importantes para vivir, tratando de dar siempre el ejemplo y ser congruente con lo que uno dice y hace. A veces hasta se piensa que lo está haciendo uno bien, que las cosas funcionan, y dan ganas de sentarse a beberse un café (o la bebida de su preferencia) mientras se estiran las piernas y se respira con satisfacción. Pero no cuenta uno con la influencia de los amigos o de la gente que al final rodea a los hijos, y que sin que uno se percate, comienzan una labor persuasiva sobre ellos, una total contraindicación de nuestros propios valores. Y uno descubre esta perniciosa labor hormiga en los hijos a través de pequeños cambios en su conducta, en la alteración de los hábitos, en un repentino cuestionamiento de la propia educación, aún en los más pequeños, palabras que nunca salieron del propio vocabulario, y en general una manera distinta de mirar al mundo. Y no hay Chapulín Colorado que pueda venir a nuestro rescate, mucho menos algún santo especializado, ni super héroe importado, no cuando se trata de estas cosas tan serias. No hablo de drogas, sino de religión.
El otro día mi hija de seis años regresó del Jardín del Arte con el dibujo de una Virgen María, esa siluetita tan en boga hoy, versión “cute” de la Guadalupana, que uno puede encontrar como sticker en algunas camionetas, en pulseras y demás productos non-sanctos, con la leyenda de: Virgencita cuida a mi…. (y aquí se inserta aquello que uno desea proteger). Por supuesto que mi labor de madre era comentar la excelente labor pictórica de mi nena, que además, verdaderamente tiene mucho talento para eso. Lo que no me esperaba era que ella me preguntara por qué no creo en la virgen. Hubiera más fácil explicarle por qué no creo en el concepto de “virginidad” o por qué no me la creo cuando alguien se dice “virgen”, que eso. Me limité a decirle que todas las personas tienen la libertad de creer lo que quieren, o lo que creen es lo mejor o lo verdadero.
Ese mismo día, cuando estábamos todos juntos, gritó airada: “¡Me da pena ser la única en esta casa que cree en la virgen!”. Yo hice gala de todo mi esfuerzo para contener la risa y le pregunté por qué pensaba que yo debería creer en la virgen. “¿Qué hace o qué tiene de especial?”, dije. Y entonces obtuve esta genial respuesta: “Porque concede siete deseos”. Ah, mi hija, tan deliciosamente ecléctica. “¿Y qué pasa cuándo se te acaban los siete deseos?”, pregunté divertida. “Pues tienes que dibujar otra virgen nueva”, me contestó con una seguridad absoluta. Eso no es menos absurdo que la leyenda oficial que me enseñaron las monjas durante toda mi primaria y secundaria. Me dio ternura esa versión de la virgen-genio que concede deseos. ¿No es eso lo que hace la gente al rezar?
Lo dejé así, porque yo pretendo en casa practicar la libertad de credo que deseo para mí y para todos en el mundo. Si yo no voy por allí tratando de propagar mi ateísmo a nadie, mucho menos a hijos ajenos, ¿por qué hay católicos que se meten de esa manera conmigo? En el colegio, supuestamente laico, se organizan misas católicas a la menor provocación (principio y fin de cursos, etc.) Los parientes le cuentan la mitología católica a mis hijos, sobre todo a fin de año. Las compañeritas, así como de pronto conversan sobre las andanzas de Patito Feo, hablan igual de la virgen. Hace rato, por ejemplo, mis hijos peleaban y escuché de pronto a mi hija gritar a todo pulmón: “¡Dios castiga!” Así que ahora tendré que lidiar con ese dios vengativo, que interviene en nimiedades personales, y deja pasar catástrofes y masacres que involucran a miles. Será difícil de explicar. Virgencita, cuídame de los fanáticos. Prometo, si es necesario, visitarte en la villa y comprar muchas veladoras.
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September 20, 2009 · 8 Comments

Dexter, el asesino serial que trabaja para la policía de Miami, es mi héroe. Para quienes no lo conocen, diré que se trata del personaje de las novelas de Jeff Lindsay y que ahora protagoniza una serie en televisión. Es meticuloso y sigue con rigor extremo su modus operandi, como los asesinos más ortodoxos. Lo que distingue a Dexter es cómo elige a sus víctimas. A diferencia de otros, no las escoge según su sexo, edad, apariencia física, oficio, etc. Él se dedica a matar a criminales que han logrado burlar a la justicia, gente mala que sigue ejerciendo su maldad impunemente. Así que mi héroe en realidad se dedica a ayudarle un poco al karma, por ponerlo de algún modo. Hace que uno se plantee la idea de matar es reprobable per se, o bien, se puede tolerar cuando el resultado es la eliminación de gente nociva y malvada. Dexter no lleva a juicio a nadie, no tiene los vicios del sistema judicial, y sólo actúa cuando tiene todas las pruebas que incriminan al que será su próxima víctima.
Pues bien, este personaje ficticio es uno de mis favoritos. Quienes me conocen saben que yo no sería capaz de herir a nadie, pero confieso que en algunas ocasiones siento unos impulsos dextéricos fluir dentro de mí. Nunca he pretendido matar a nadie y mucho menos por crímenes pequeños o relativamente inocuos. Pero vamos, que me encuentro de pronto con personas que me hacen pensar: si de pronto murieran (por la razón que sea) el mundo no se perdería de nada; al contrario. A ellos me refiero como “gente que sobra”.
Por ejemplo, a mi parecer sobran los padres de familia que están pagando la colegiatura de una escuela privada (uno pensaría que es porque esperan que sus hijos reciban una mejor educación, considerando el estado de la que imparte el Estado “gratuitamente” con nuestros impuestos), pero que en las juntas con los maestros se quejan de que a sus chavitos les dejan mucha tarea, sobre todo los fines de semana, ya que no se pueden a gusto ir de “shopping” a McAllen. (!!!)
Sobran también todos los católicos/cristianos que acuden a su servicio y con golpes de pecho se jactan de practicar su fe, pero se estacionan en doble fila, sin importarles si causan un gran caos vial. Sobran porque con toda esa hipocresía no dudan en lanzarle la camioneta a los peatones, tan ligeros de alma y cercanos a Dios que se sienten al salir, como si tuvieran un comodín para hacer lo que sea.
Sobran también los que hablan en el cine o dejan sonar sus celulares y los contestan a viva voz, sin salirse. Sobran los que se cruzan la calle sin ver, dando por hecho que todos habrán de pararse. Sobran las mujeres que manejan camionetas que se venden como las más “seguras”, pero van sin cinturón de seguridad, hablando por el celular y con los hijos brincando en el asiento del copiloto, también, por supuesto, sin cinturón. Sobran las que tienen un vehículo que no saben estacionar ni controlar, pero que piensan que el precio y el tamaño del mismo las hace mejor que otras. Sobra quien teniendo los medios y una supuesta educación, se reproduce sin responsabilidad, y luego delega en el servicio doméstico el cuidado de esos errorcitos dentro del matrimonio.
Y podría seguir.. pero el espacio me limita. Y Dexter no maneja este tipo de casos.
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