
La madrastra de Blanca Nieves solía coercionar al espejo para que le dijera que era la más bella. De hecho, fue más allá y trató de eliminar a su única competencia (se ve que la fealdad imperaba en aquel reino), para que el espejo no tuviera que mentir. Pero resulta que a veces el espejo intenta retratar la verdad y somos nosotros los que vemos lo que queremos ver. Y así como las anoréxicas se perciben con muchos más kilos de los que en verdad tienen, las personas que padecen de lo que algunos llaman “buenorexia”, se ven mucho más atractivas de lo que son.
A la buenorexia le podemos atribuir gran parte de las cosas que luego vemos por la calle y nos hacen voltear dos veces, inevitablemente, porque no podemos creer lo que vemos. Cierto, a veces la moda propone diseños que no se le ven bien ni a Shakira o Beyoncé, por poner un par de mujeres con cuerpos envidiables, y por ende, es imposible que a las mortales comunes nos favorezca de ningún modo. Si a eso le sumamos que la buenorexia distorsiona la realidad profundamente, los resultados son desastrosos. Una mujer que sufre de buenorexia, por ejemplo, pasa por alto su sobre peso y se pone ropa que no le favorece en absoluto. O bien, se compra alguna prenda un par de tallas más pequeñas de lo que su cuerpo puede manejar. De allí esos pantalones a la cadera que dejan salir unas lonjas que hace que la parte en cuestión parezca uno de esos muffins o panquecitos con envoltura roja. O esas blusas top que muestran vientres abundantes y sin forma. No olvidemos que México tiene el primer lugar en obesidad en el mundo, y que de México, Tamaulipas se lleva la presea.
Como la anorexia y la bulimia, esta enfermedad suele atacar con mayor frecuencia a las mujeres, pero ciertamente también provoca estragos en algunos hombres. Playeras hechas para lucir músculos que no existen, cinturones que presumen ser de una talla menor y se esconden debajo de una panza gigantesca, disfraces de Indiana Jones o de poeta maldito, etc.
Es válido decir a favor de que quienes visten así tienen un alto concepto de sí mismos, una gran autoestima que no se somete a las imposiciones de la sociedad que dice que los cuerpos tienen que ser delgados. Pero yo sigo pesando que hay quienes malinterpretan al espejo.
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Esta fue la semana de las declaraciones estúpidas. A saber, las del sub-secretario de agricultura (Juan Camaney castrador de dinosaurios) alabando la eficiencia en el campo de los narcos y las del presidente en cuanto a las empresas que “no pagan impuestos”. Esas metidas de boca (que no de pata) que hacen quedar a Fox como un intelectual, nos distrajeron de la “austeridad republicana” que proclama el señor López y los tenis Louis Vuitton modelo Kayne West de 900 dólares, que traía su retoño en esa protesta en defensa del SME. Los detractores alegan incongruencia (el AMLO junior tiene por hobby pasear en yate), mientras que sus defensores dicen que el chico trabaja y tiene derecho de gastar su dinero como mejor le plazca. No voy a cuestionar que su nómina la cobre del gobierno del DF (no, eso sería mirarlo con cierto sospechosismo creeliano). Seguro que tiene su chamba por mérito propio, seguro. Pero todo esto de los tenis de diseñador (sólo se vendieron 20 pares en todo el país) me puso a pensar en el lujo.
Había un comercial en el que una mujer alegaba que tal cosa (no recuerdo el producto que vendían, bendita mercadotecnia) era un lujo, pero ella creía valerlo. Pero no necesito a la televisión abierta y sus anuncios para concluir que muchas personas equiparan su valor personal con el precio/marca de las cosas que poseen. Asumen que el lujo les dará (o compensará por) algo que no tienen o no son. Y aunque los que tienen más dinero suelen gastar más en lujos, no es una regla. Hay gente con buena situación económica que es austera y pragmática en sus adquisiciones, y hay quien vive siempre en deuda con el banco, la tienda departamental y los amigos, sólo para poseer cosas que superan su ingreso real.
No discuto aquí que la calidad de las cosas “suele” (mas no siempre) tener un precio mayor. Por ejemplo yo que corro, sé que hay diferencia entre unos tenis cualquiera, y unos diseñados para correr. Mis pies, mis articulaciones, la ausencia de ampollas lo prueban. Eso no quiere decir que deban ser el último modelo de la marca en voga. Me conformo con un modelo de hace un año o dos (a menos de la mitad, sólo por eso) y de marcas que no son para lucir, sino que aseguran buen desempeño y casi nadie que no corra, conoce. 30 dólares y los uso por unos 4 años.
Conozco personas que son un anuncio ambulante de marcas lujosas. Caminan con cierta altivez, pensándose superiores a los “desmarcados”. Tal vez su vida es tan vacía que temen que si vistieran genéricamente, no tendrían nada que los distinguiera del resto de los habitantes del planeta. Ni cultura, ni inteligencia, ni una postura, ni ideales, ni congruencia, ni logros personales. Como decía Sabina de Cristina Onassis: “era tan pobre, que no tenía más que dinero”. Eso es triste.
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October 25, 2009 · 1 Comment

Otra vez hablo de una película que no llegó a las salas de cine tampiqueñas. Sin duda un megachurro joliwudense o una película mexicana impuesta por ley y que nadie quería ver, ocupaban todas las salas disponibles. Se trata de Persepolis (Francia, 2007), basada en las novelas gráficas de Marjane Satrapi, que cuentan a su vez la vida de la autora.
Es pues una autobiografía visual que cuenta la historia de una niña iraníe durante la revolución islámica, cuando los fundamentalistas tomaron el poder para no soltarlo ya. Marjane crece en un hogar de ideas progresistas y libres, donde se lee y se discute, donde las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Con tan sólo nueve años, es inteligente y temeraria, y burla a los “guardianes sociales” descubriendo así la música punk, o grupos como ABBA y Iron Maiden, prohibidos por el régimen. Mientras, su tío es ejecutado por sus ideas, las bombas caen día y noche sobre Teheran por la guerra con Irak y el miedo permea todos los aspectos de la vida de la protagonista.
Marjane crece y su caracter desafiante y libre hace que sus padres se preocupen por su seguridad. A los 14 la mandan a una escuela en Austria. Sola y vulnerable enfrenta a su adolescencia en un país desconocido. Con el tiempo termina por ser aceptada y experimenta el amor, pero sufre de una fuerte nostalgia por su país. Aunque significa ponerse el velo y vivir en un sociedad tiránica, Marjane regresa a casa. Tiene muchos problemas para ajustarse, estudia y se casa, sin dejar nunca de protestar por la hipocresía que vive. A los 24 acepta que no puede vivir en Irán y toma la difícil decisión de irse por siempre a Francia.
En Persepolis la trama fluye sencilla y sutil; la música es bellísima, tanto como las voces de los personajes, nítidas y pausadas, un contraste con la realidad que viven sus personajes. Lo más hermoso es la animación en blanco y negro, con pocos, pero contudentes detalles. El título viene de la capital persa fundada en 6 A.C. por Dario I, destruida más tarde por Alejandro Magno. Es un recordatorio de que Iran, una civilización antigua, atormentada por olas de invasores a lo largo de miles de años, es más compleja y profunda que lo que la actualidad permite ver. En otras palabras, una monocultura fundamentalista, fanática, y terrorista, dirigida por un hombre que niega el Holocausto, que abiertamente quiere borrar a Israel del mapa, tiene la pena de muerte para sus detractores, y una buena reserva de uranio por si las moscas.
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October 17, 2009 · 1 Comment

59, el año del error
Normalmente no leo los libros que me recomiendan (o peor, los que me regalan o prestan con la consigna de leerlos). Casi siempre son de autoayuda o vienen de personas que jamás leen y cuando por casualidad lo hacen quedan tan afectadas (para bien o para mal) que creen que el resto del mundo tiene que compartir “su experiencia lectora”. Por otra parte, como ya se sabe, yo suelo equivocarme y con más frecuencia de lo que me gusta aceptar. Pues bien: han llegado a mis manos algunos libros de temas inesperados y de parte de personas que respeto y admiro.
En uno de ellos me enteré muy gratamente de que Librado Rivera, “el último magonero”, después de la muerte de Ricardo Flores Magón, vivió en el puerto de Tampico y desde aquí continuó con la labor de su amigo. Yo no tenía idea de que esta ciudad donde vivo llegó a ser el corazón de la guerra social, bullicioso con el sindicalismo revolucionario. Librado se incorporó al grupo anarquista de los Hermanos Rojos, de Villa Cecilia (ahora Ciudad Madero), un grupo que editaba los periódicos El pequeño grande y Sagitario. Este último tenía circulación nacional y también llegaba a manos de anarquistas de otros países. Librado Rivera era víctima de la censura por parte del presidente Plutarco Elías Calles y todo el aparato represivo del Estado, que no estaba nada contento por las críticas que de él y su gobierno se hacían en las páginas de Sagitario.

Librado Rivera y Ricardo Flores Magón
Las palabras, ya se sabe, alarman de manera importante a los tiranos. Su miedo es proporcional a su avaricia, a su mano dura, a sus pretensiones de estar por siempre amarrados al poder. Por lo mismo, Librado es encarcelado una y otra vez en Andonegui sin ningún cargo real. Se le persigue, lo despojan, destruyen su pequeña imprenta, lo amenazan, lo reprimen. Todo con tal de que sus ideas y sus críticas no lleguen a más personas. Y uno pensaría que 1923 está en el pasado. Hasta hace unos tres sexenios en este país nadie podía hacer una broma sobre el presidente en turno. Pero no hay que cantar victoria, en absoluto. Si bien ha habido algunos avances (la burla abierta, crítica explícita y la caricaturización cotidiana de los presidentes panistas, por ejemplo, es algo inédito en nuestro país), no hay que irse tan lejos en el tiempo ni en el mapa para encontrar que lo que pasó Librado Rivera no es cosa del pasado.

“Porno para Ricardo” es una banda punk cubana. A diferencia de su paisano Silvio Rodríguez que canta rebonito “vivo en un país libre…”, o el bien nutrido de Milanés (milanesa con papas fritas), Gorki Águila (el vocalista y director de la banda) critica al régimen de los Castro Bros. Su música está prohibida en Cuba y a lo mucho pueden hacer un concierto al año (siempre clandestinamente) porque el aparato del Estado cubano los tiene en la mira. Librado Rivera llamaba al presidente Calles “parásito” y era considerado “enemigo del gobierno”. Gorki Águila le llama “tirano” y es considerado un “enemigo de la revolución”. A Librado lo arrestaron varias veces en Tampico sin ningún cargo y de igual manera le dictaron sentencias por delitos inexistentes. A Gorki lo han arrestado también por “peligrosidad social” y por “conducta predelictiva”. (1984, George Orwell, double-talk anyone?). Librado consigue salir gracias a que sus amigos de los movimientos obreros y anarquistas del resto del país y del mundo hacen todo lo posible para liberarlo. De igual manera, la solidaridad internacional ha presionado al gobierno de Castro para liberar a este chico punk.
“Patria o muerte”, gritan los fascistas (que los hay de todos colores y alas). “Porno par Ricardo”, en cambio, es lo contrario a eso. Patria es la masa anónima, Ricardo es el individuo. Muerte es el cese de la vida, Porno es vida, gozo, placer. Por eso no se encuentran rastros del anarquismo que tuvo una gran efervescencia en el puerto de Tampico. Calles no iba a permitir que quedaran pruebas de quien disentía. De igual modo, en Cuba es ilegal la música de “Porno para Ricardo” y no me extrañaría que si pudiera, el Estado destruyera todos los discos que la banda regala clandestinamente al pueblo. Las palabras, escritas o a viva voz, incomodan. Son prueba latente de la vida. De libertad. Por eso los dictadores tratan de aplastarlas bajo sus botas. Los de antes y los de hoy. Creo que mientras pueda, me haré de uno de esos discos que le ponen las barbas de punta al viejito de los pants Adidas, rey de la isla.

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October 11, 2009 · 1 Comment

Quién no ha padecido a los estrógenos, o miente o es anacoreta o tiene una vida tan mala que las hormonas no hacen diferencia alguna, lo cual es bastante triste. Para el resto de los mortales, es un calvario recurrente y mensual. Las mujeres nos sentimos los títeres del estrógeno, y los hombres, el público espectador que recibe zapes sólo por mirar. No sé si las feministas vayan a lapidarme por esto, o si los que creen fervorosamente en el libre albedrío quieran unírseles, pero yo creo que durante ciertos días antes del periodo menstrual (el infame PMS por sus siglas en inglés), las mujeres dejan de ser ellas y se convierten en alguien más. No somos nosotras mismas, y por lo mismo, no deberíamos ser responsables por completo de lo que pudiéramos hacer o decir durante esos días.
Todo lo que pido es un poco de piedad, vaya. O al menos la misma paciencia que le guardamos a un motor que se rehusa a encender o al congelamiento de la pantalla de la computadora, ante lo cual sólo podemos levantar el cofre y mirar pasmados, o presionar teclas a diestra y siniestra. Quienes son lógicos y medianamente inteligentes no creen que una máquina no quiera colaborar o esté fallando con alevosía y descaro. Pues bien, una mujer antes de su ciclo menstrual tampoco se propone perder la paciencia por nimiedades, ni soltarse a llorar ante la menor insinuación, la que sea, ni explotar en un enojo que parece incomprensible. Tampoco retiene agua por gusto, ni sucumbe a un enorme apetito nomás porque sí, ni se apunta por su voluntad en la fila donde se regalan los cólicos y los senos sensibles.
No. Al contrario. Es algo esquizofrénico, como si una personalidad ajena tomara control de nosotras, por poner un símil psiquiátrico. Es como si nos poseyera un demonio (de allí de lo del genio de los mil demonios), si nos queremos poner bíblicos para las comparaciones. O como si un Coyi Kabuto se metiera en la cabina de control de su Mazzinger Z, si queremos ponernos nostálgicos por las caricaturas ochenteras. Pero la idea es esa. Lo peor, sin embargo, es la conciencia de que estamos actuando de cierta manera y no podemos hacer nada al respecto. Esa falta de control, a mí al menos, me aterra. Y jamás me he sentido más sola, abandonada e incomprendida que cuando alguien se enoja conmigo por mi manera de actuar durante esos días.
No quiero ni imaginar qué será el descontrol hormonal de la menopausia. Sólo habrá que pedir paciencia, harta paciencia, mi querido Solín.
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September 26, 2009 · 8 Comments

Uno cree que educa a los hijos de cierta manera, con las cosas que uno considera importantes para vivir, tratando de dar siempre el ejemplo y ser congruente con lo que uno dice y hace. A veces hasta se piensa que lo está haciendo uno bien, que las cosas funcionan, y dan ganas de sentarse a beberse un café (o la bebida de su preferencia) mientras se estiran las piernas y se respira con satisfacción. Pero no cuenta uno con la influencia de los amigos o de la gente que al final rodea a los hijos, y que sin que uno se percate, comienzan una labor persuasiva sobre ellos, una total contraindicación de nuestros propios valores. Y uno descubre esta perniciosa labor hormiga en los hijos a través de pequeños cambios en su conducta, en la alteración de los hábitos, en un repentino cuestionamiento de la propia educación, aún en los más pequeños, palabras que nunca salieron del propio vocabulario, y en general una manera distinta de mirar al mundo. Y no hay Chapulín Colorado que pueda venir a nuestro rescate, mucho menos algún santo especializado, ni super héroe importado, no cuando se trata de estas cosas tan serias. No hablo de drogas, sino de religión.
El otro día mi hija de seis años regresó del Jardín del Arte con el dibujo de una Virgen María, esa siluetita tan en boga hoy, versión “cute” de la Guadalupana, que uno puede encontrar como sticker en algunas camionetas, en pulseras y demás productos non-sanctos, con la leyenda de: Virgencita cuida a mi…. (y aquí se inserta aquello que uno desea proteger). Por supuesto que mi labor de madre era comentar la excelente labor pictórica de mi nena, que además, verdaderamente tiene mucho talento para eso. Lo que no me esperaba era que ella me preguntara por qué no creo en la virgen. Hubiera más fácil explicarle por qué no creo en el concepto de “virginidad” o por qué no me la creo cuando alguien se dice “virgen”, que eso. Me limité a decirle que todas las personas tienen la libertad de creer lo que quieren, o lo que creen es lo mejor o lo verdadero.
Ese mismo día, cuando estábamos todos juntos, gritó airada: “¡Me da pena ser la única en esta casa que cree en la virgen!”. Yo hice gala de todo mi esfuerzo para contener la risa y le pregunté por qué pensaba que yo debería creer en la virgen. “¿Qué hace o qué tiene de especial?”, dije. Y entonces obtuve esta genial respuesta: “Porque concede siete deseos”. Ah, mi hija, tan deliciosamente ecléctica. “¿Y qué pasa cuándo se te acaban los siete deseos?”, pregunté divertida. “Pues tienes que dibujar otra virgen nueva”, me contestó con una seguridad absoluta. Eso no es menos absurdo que la leyenda oficial que me enseñaron las monjas durante toda mi primaria y secundaria. Me dio ternura esa versión de la virgen-genio que concede deseos. ¿No es eso lo que hace la gente al rezar?
Lo dejé así, porque yo pretendo en casa practicar la libertad de credo que deseo para mí y para todos en el mundo. Si yo no voy por allí tratando de propagar mi ateísmo a nadie, mucho menos a hijos ajenos, ¿por qué hay católicos que se meten de esa manera conmigo? En el colegio, supuestamente laico, se organizan misas católicas a la menor provocación (principio y fin de cursos, etc.) Los parientes le cuentan la mitología católica a mis hijos, sobre todo a fin de año. Las compañeritas, así como de pronto conversan sobre las andanzas de Patito Feo, hablan igual de la virgen. Hace rato, por ejemplo, mis hijos peleaban y escuché de pronto a mi hija gritar a todo pulmón: “¡Dios castiga!” Así que ahora tendré que lidiar con ese dios vengativo, que interviene en nimiedades personales, y deja pasar catástrofes y masacres que involucran a miles. Será difícil de explicar. Virgencita, cuídame de los fanáticos. Prometo, si es necesario, visitarte en la villa y comprar muchas veladoras.
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September 20, 2009 · 6 Comments

Dexter, el asesino serial que trabaja para la policía de Miami, es mi héroe. Para quienes no lo conocen, diré que se trata del personaje de las novelas de Jeff Lindsay y que ahora protagoniza una serie en televisión. Es meticuloso y sigue con rigor extremo su modus operandi, como los asesinos más ortodoxos. Lo que distingue a Dexter es cómo elige a sus víctimas. A diferencia de otros, no las escoge según su sexo, edad, apariencia física, oficio, etc. Él se dedica a matar a criminales que han logrado burlar a la justicia, gente mala que sigue ejerciendo su maldad impunemente. Así que mi héroe en realidad se dedica a ayudarle un poco al karma, por ponerlo de algún modo. Hace que uno se plantee la idea de matar es reprobable per se, o bien, se puede tolerar cuando el resultado es la eliminación de gente nociva y malvada. Dexter no lleva a juicio a nadie, no tiene los vicios del sistema judicial, y sólo actúa cuando tiene todas las pruebas que incriminan al que será su próxima víctima.
Pues bien, este personaje ficticio es uno de mis favoritos. Quienes me conocen saben que yo no sería capaz de herir a nadie, pero confieso que en algunas ocasiones siento unos impulsos dextéricos fluir dentro de mí. Nunca he pretendido matar a nadie y mucho menos por crímenes pequeños o relativamente inocuos. Pero vamos, que me encuentro de pronto con personas que me hacen pensar: si de pronto murieran (por la razón que sea) el mundo no se perdería de nada; al contrario. A ellos me refiero como “gente que sobra”.
Por ejemplo, a mi parecer sobran los padres de familia que están pagando la colegiatura de una escuela privada (uno pensaría que es porque esperan que sus hijos reciban una mejor educación, considerando el estado de la que imparte el Estado “gratuitamente” con nuestros impuestos), pero que en las juntas con los maestros se quejan de que a sus chavitos les dejan mucha tarea, sobre todo los fines de semana, ya que no se pueden a gusto ir de “shopping” a McAllen. (!!!)
Sobran también todos los católicos/cristianos que acuden a su servicio y con golpes de pecho se jactan de practicar su fe, pero se estacionan en doble fila, sin importarles si causan un gran caos vial. Sobran porque con toda esa hipocresía no dudan en lanzarle la camioneta a los peatones, tan ligeros de alma y cercanos a Dios que se sienten al salir, como si tuvieran un comodín para hacer lo que sea.
Sobran también los que hablan en el cine o dejan sonar sus celulares y los contestan a viva voz, sin salirse. Sobran los que se cruzan la calle sin ver, dando por hecho que todos habrán de pararse. Sobran las mujeres que manejan camionetas que se venden como las más “seguras”, pero van sin cinturón de seguridad, hablando por el celular y con los hijos brincando en el asiento del copiloto, también, por supuesto, sin cinturón. Sobran las que tienen un vehículo que no saben estacionar ni controlar, pero que piensan que el precio y el tamaño del mismo las hace mejor que otras. Sobra quien teniendo los medios y una supuesta educación, se reproduce sin responsabilidad, y luego delega en el servicio doméstico el cuidado de esos errorcitos dentro del matrimonio.
Y podría seguir.. pero el espacio me limita. Y Dexter no maneja este tipo de casos.
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September 5, 2009 · 1 Comment

Decía Jerry Seinfeld en el programa de David Letterman que él tiene un teléfono celular normal, pero que todos sus amigos pretenciosos tienen un iPhone. Esto, viniendo de un hombre exitoso y millonario que tiene más automóviles deportivos que los días de un mes, resulta un poco fuerte. Seinfeld siempre va de sneakers, jeans y camisa azul, y piensa que un teléfono es una cosa que sirve para comunicarse con otras personas y listo. Un tipo sencillo. Cualquiera pensaría que cuando el dinero no supone ningún obstáculo, la gente se compra todo lo que está a su alcance. Pero no. El mundo se divide entre los prácticos y los pretenciosos. Los que no tienen que demostrarle nada a nadie y los que pretenden tener más cualidades, lujos o cosas de las que en verdad tienen (o pueden tener).
Gente muy querida y cercana a mí tiene ese teléfono táctil de la manzanita blanca, debo aclarar. Bien por ellos. Pero esto viene al caso porque el otro día, en área de comida de una cadena de supermercados, vi a una adolescente juguetear con un iPhone. Estaba en una mesa con quien asumí era su madre, una mujer de aspecto muy humilde y un par de niños de esos que no les brilla mucho el pelo, tienen la piel seca y moquitos abajo de la nariz. La chica iba vestida con uniforme de una de esas preparatorias técnicas y movía los deditos divertida sobre la pantalla. Aunque los precios de la tecnología se abaratan año con año y más personas tienen acceso a ella, me pareció que ese aparato estaba fuera del presupuesto familiar. Y no es el único caso. Cerca de mi casa hay un multifamiliar del Infonavit. Hay muchas camionetas estacionadas afuera que seguramente cuestan mucho más que ese cachito de propiedad en el que viven familias enteras.
También he visto, no una sino varias veces, casos de mujeres morenas pintadas de rubias, al igual que sus hijos, como si eso quitara las dudas de esa imposibilidad genética. Y tenía una conocida que depositaba íntegramente su sueldo de la universidad privada en el crédito de Liverpool, porque no se vestía en ningún otro lado que no fuera allí, ya que sus alumnos no “no podían verla” con la misma ropa de una semana a otra, o, pecado, de un semestre a otro. Vivía de gorra con su abuelita, viajaba en transporte público, y le debía su alma a la tienda departamental. He escuchado a algunas madres de familia en la escuela de mis hijos hablar de que está pidiendo una beca a la SEP porque apenas pueden pagar la colegiatura, para luego subirse a una camioneta por la que seguramente pagan al mes el equivalente de unas tres colegiaturas.
¿Qué sucede? Pues eso, la pretensión. En todos los aspectos, en todos los niveles. La gente le dedica mucho tiempo y energía a la pretensión realmente. Es toda una prioridad. Qué flojera. A mí, cuando veo estas cosas, siempre me queda la libertad de mirar a otro lado y pretender que no me entero de nada. Sea.
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¿Qué hace que una película sea mexicana? ¿Que el guionista, director o productor tenga pasaporte verde con el escudo nacional? ¿Que esté filmada en México? ¿Que el gobierno de México subvencione la peli? ¿Que se trate algún tema de interés nacional? ¿Que los artistas sean mexicanos? ¿Que salga alguno de los Bichir? Yo creo que el arte debe existir sin necesidad de etiquetas. Nadie habla de la película Lo que el viento se llevó o de Casablanca haciendo énfasis en que son norteamericanas, por ejemplo, así como nadie recalca que Cien años de soledad es una novela colombiana o El Aleph una obra argentina. Me da la impresión de que a veces las adjetivaciones en el arte funcionan a manera de excusa o para compensar la falta de calidad. Por eso el trato especial. Por eso las leyes para que forzosamente se exhiban las películas mexicanas en las salas de cine de México, independientemente de que nadie quiera ir a verlas.
Pues bien, 3:19 : Nada es casualidad es una película sin etiquetas. El guión y la dirección son del mexicano Dany Saadia. Los actores son españoles, aunque Diana Bracho está por allí. La historia se desarrolla en Valencia, España. Pero no se trata tampoco de una película que busque mostrar la españolidad, así como la mayoría de las llamadas películas mexicanas retratan la mexicanidad. En realidad 3:19 podría haberse situado en Berlín, en Buenos Aires o en un pueblito de Nueva Zelandia. Los actores podrían haber tenido cualquier otro acento. Porque al igual que con la literatura, lo importante es la historia y cómo se cuenta. La esencia de lo humano que encontramos en la trama es lo que vuelve a una película o a una novela ser llamado arte. Y recordemos que el arte verdadero trasciende fronteras y tiempo, porque retiene la esencia con la que cualquier persona, independientemente de su momento histórico, puede identificarse.
Intercalando la historia de Ilán, un enfermo de cáncer terminal, y su encargo al morir a sus dos mejores amigos, con la de Eváriste Galois, el matemático (animada fantásticamente, por cierto), así como el pasaje del Génesis que le da nombre a la película, y aludiendo a La insoportable levedad del ser, de Kundera, Dany Saadia nos plantea en 3:19 la pregunta de que si las cosas en la vida suceden por mera casualidad, o bien, obedecen a otra instancia. ¿Una serie de casualidades son destino? Confieso que cuando vi la película reí mucho, pero también estuve con los ojos acuosos, totalmente conmovida, y sobre todo, al final me quedé pensando. La película de Saadia no es una de esas que se olvidan apenas uno sale del cine y va uno rumbo al estacionamiento, a diferencia de la mayor parte de lo que hay en cartelera. No puedo pasar por alto que el libro de Kundera, que se ve varias veces en la película en su versión de Tusquets, la misma que yo leí durante la prepa, fue muy importante para mí. Y que yo, que me da por hacer notas de lo que me gusta en un libro, escribí entonces en una libreta: “Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís”. Esa misma frase es clave en 3:19.
Y quién sabe. Me consta que mi vida está llena de casualidades. Yo a lo único que aspiro es a ser una escritora como Dany, sin adjetivos. No quiero que mis textos sean literatura escrita por mujeres, no quiero que sea literatura mexicana, yo sólo quiero escribir algo que pueda ser literatura, así como Dany y su película. Sin etiquetas, es simplemente genial. Puedo recomendar 3:19 sin problemas de que alguien vaya a reclamarme después. Y lamento mucho que la peli nunca llegó a Tampico. Me considero afortunada de tener el DVD, regalito de mi amigo.
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La pintura que seguro la señora tiene en su sala.
La naquez o naquitud en mi definición personal se refiere a la actitud de ciertas personas que actúan de forma ostentosa, prepotente, e inculta. Desde luego, es una cosa de clase, porque ser inculto no es ningún pecado cuando no se tienen otras opciones, cuando las necesidades más básicas no están cubiertas. En cambio, ser inculto es naco cuando se van a comprar las tortillas en una camioneta que cuesta lo mismo que todas las colegiaturas de una carrera en una universidad privada. Es decir, cuando se tienen los medios para tener una cierta educación, cuando se es privilegiado por la vida y aún así, la gente decide comportarse patanamente, como dije arriba.
Todo esto viene a colación porque hace una semana asistí a la clausura de los cursos de verano de mis hijos, en el Metro. Mientras esperábamos en el lobby a que empezara el evento (mi esposo, una servidora, los padres de los otros niños, además de tíos, abuelos, hermanos mayores, menores, y vecinos alegres), me tocó presenciar un acto prototípico de naquez en su más pura expresión. Aquí anoto que durante esos días, en el espacio Metropolitano había una exposición de pinturas (nada afortunadas, a mi parecer, pero eso nada tiene que ver aquí). Nosotros estábamos en una banca, pero la mayoría de las personas estaban de pie haciendo una larguísima fila, como si los lugares del auditorio fueran a acabarse.
Pues bien, de pronto una mujer relativamente joven, con unos tacones altísimos, falda corta, blusita ídem, cabello de mechas rubias, piel morena y pupilentes azules, se salió de la fila donde estaban sus familiares para tomar una llamada desde su celular. Algo gritoneaba sobre los pagos de una camioneta, unas firmas, etc. Nada de eso sería relatable, si no fuera porque de pronto la señora en cuestión pasó la mano a lo largo de una pintura horizontal, como si fuera un enorme pastel de cumpleaños. Al principio no pude creer que lo hubiera hecho, pero ella caminó hacia otra pintura y le puso la palma arriba varias veces. ¿Esperaría que la pintura estuviera fresca? No lo sé. Cuando terminó de toquetear el lienzo, regresó al primero y volvió a recorrerlo con los dedos. Tuvimos que gritarle para que dejara de hacerlo. Ella respondió con una mirada rencorosa y volvió a su manada, para bisbesearle a su marido (señalándonos con lo que ella pensaba era discresión). Mira, me dijeron que las obras de arte no se tocan, buuu.
Lo más curioso es que la señora pagó por tener a sus hijos en un curso de verano de artes. Ella, con aquel celular de última, con esa pintita de catálogo de tienda departamental y ojos de plástico en evidente desafió a la naturaleza, era la naquez montada en tacones. Qué triste es la pobreza que sólo puede dar el dinero. Espero que al menos sus hijos hayan aprendido algo en el curso.
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