Los escritores que no leen

 

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Hey baby, I miss you!

Hace mucho mucho mucho mucho mucho tiempo, cuando yo tenía dieciséis años, menos arrugas, más pecas e ilusiones, escribía frenéticamente en mi Mac Classic II (mi primer premio literario, gracias ITESM campus Guadalajara) y estaba enamorada del instructor del taller literario al que nunca faltaba, asistía también a todos los eventos culturales de mi ciudad de entonces, Querétaro. Bebía las palabras lo mismo de la Poniatowska, que de Monsiváis, Ángeles Mastretta, o de cualquier escritor que nos visitara; por supuesto que me chutaba de igual forma todas presentaciones de escritores de la ciudad. Lo que sea, yo estaba allí, y no sólo por los canapés y copitas de vino, sino porque desde entonces ya quería ser escritora. Recuerdo que una vez un poeta local dijo que él no leía a ningún autor contemporáneo para “no contaminarse”: leía los clásicos nada más y sólo cuando era estrictamente necesario. Aún desde mi pubertad y mi gran inexperiencia literaria, aquello sonaba podridamente mal: ¿cómo es que un escritor de esta época no lee lo que hacen otros escritores de su mismo tiempo?

images-1.jpgAcudo a ese recuerdo porque recientemente conocí a un “escritor” (las comillas son porque es muy cuestionable si merece ser llamado por este nombre). Digamos, conocí a un hombre que escribe y que más o menos estaba en la misma situación que aquel escritor local de mi juventud: no leía nada de literatura contemporánea. En realidad su desprecio cultural tiene un amplio espectro y abarca todas las artes, no sólo la literatura: se trata de uno de esos seres humanos que hubiera deseado nacer en otra época y en otro lugar, porque todo alrededor suyo le provoca náuseas y escozor en el escroto. Además, su autopercepción es descomunal y, como les sucede a muchos, su capacidad de autocrítica es inversamente proporcional a la primera.  En verdad él se considera a sí mismo un genio que puede escribir poesía que cuento, novela, guión, teatro o ensayo. Y si inventaran otro género, también lo dominaría por completo. Un ser superior como él, como los grandes genios clásicos, lo domina todo. En otras palabras, el Juan Camaney de la literatura mexicana y, tal vez, mundial. Desde luego, la sublime obra de este caballero está mayoritariamente publicada en Facebook, pues él está convencido de que los autores publicados y premiados son parte de una extensa mafia de corrupción editorial de la que, por alguna injusta razón, se excluye a los genios de su talla.  Tras hablar con él descubrí que tampoco hacía nada por ser publicado: no mandaba sus textos a concursos, ni a dictaminar a editoriales, ni a ser publicados en revistas. Ya sabemos que es siempre más fácil decir que todo está arreglado, corrompido, que lidiar con el rechazo o con la idea de que tal vez la genialidad artística que uno posee no es tan grande como lo hemos creído desde siempre. Mejor no enfrentarse a la realidad y pensar que un día alguien va a venir a descubrirnos en Facebook y nos sacará del anonimato. Hasta ese día, la certeza de nuestro talento no será cuestionada jamás.
images.pngPues bien: tras más de dos semanas de aguantar su presión para que leyera un “cuento” escrito por él (unas diez veces al día, durante varios días, me preguntaba si ya lo había hecho: luego me aseguraba que me gustaría muchísimo). A pesar de que tengo excelentes libros nuevos qué leer en mis libreros, así como los libros de amigos muy queridos y quienes admiro en verdad, accedí a leer el cuento para quitarme de encima al tábano de su autor. Gran error. Sin duda se trata de uno de los peores cuentos que he leído en toda mi vida: no sólo es ampliamente pretencioso, con “mensaje”, personajes planos y maniqueos (más o menos como de telenovela mexicana). Los diálogos son pésimos: acartonados, inverosímiles, de esos que no aportan a la trama y quizás porque la trama era en sí bastante deficiente: se trataba de un cuento sin tensión alguna, sin conflicto, totalmente predecible: un cliché, vaya. Lo peor es que además pretende ser humorístico y falla. Como dije antes, sin lugar a dudas uno de los peores cuentos con los que me he topado. Apenas terminé de leer aquello, me sentí entre la espada y la pared: ¿podría mentirle al autor y decirle que su texto era bueno, pasable, por lo menos, o tendría las agallas para  enfrentarlo con la realidad? Ese texto es como los experimentos fallidos de combinar los genes de Ripley con los de un Xenomorfo en Alien 4: alguien necesita sacarlo de su miseria. Ya. Pronto. Mientras tanto, el autor seguía preguntando si ya lo había leído: me imaginé uno de esos perros chiquitos y nerviosos que brincan incansablemente, mientras pregunta: ¿te gustó? ¿te gustó? ¿te gustó? ¿verdad que te gustó? ¿verdad que soy un genio? ¿verdad que mi cuento es una maravilla? O con la voz de Kiko, en el Chavo del 8: di que sí, di que sí, di que sí, di que sí.
images.jpgComo no soy muy buena para mentir por la cara, tuve que decirle la verdad. Sobra decir que no lo tomó nada bien. Traté de entender el por qué la bajísima calidad del texto: tal vez se debía a que el autor no tenía idea de lo que era un cuento. Uno pensaría que todo aquel que quiere escribir algo ha leído mucho de ese mismo género, a los grandes autores, a los que llevan la voz cantante en la literatura actual. Así que le pregunté a mi inquieto “escritor” cuáles era sus cuentos favoritos y a qué autores había leído. Se quedó pensativo hasta que masculló tentativamente el título de un cuento de Borges, y luego dijo pagado de sí mismo: y los clásicos. Segundos después se puso a la defensiva: ¿acaso estaba yo juzgando su cuento a partir de sus lecturas? Iba a soltarme un rollo sobre cómo el texto se debía sostener por sí mismo al igual que su crítica, cuando lo interrumpí para explicarle que no lo estaba juzgando por sus lecturas (o su falta de), sino que era sólo curiosidad: me daba la impresión de que no tenía ni la más remota idea de lo que era un cuento. Me repitió que él sólo leía a los clásicos. Y bueno, ya sabemos que aunque la gente que dice que sólo lee clásicos nunca lo admita jamás, la mayor atracción de decir que se leyó un clásico es precisamente eso: decirlo. Cuando alguien que “sólo lee clásicos” lo dice, se le llena la boca de superioridad moral: no todos pueden decir que han leído a los clásicos; ergo, quien sí, está muy por arriba de los pobres mortales que sólo han leído literatura contemporánea (no importa su calidad; el lee-clásicos-superior la descartará sólo por no pertenecer a una época pasada).
images-2.jpgDesde luego, el autor del que hablo equiparaba su “gran” intelecto a su literatura favorita, como si una cosa fuera consecuencia de la otra. En otras palabras, el arte de genios que vivieron hace siglos es (según él) un símbolo de sí mismo. Desde luego a nadie le importa un rábano partido en finas rebanadas los gustos de alguien que escribe mal, pero el autor del cuento recién leído estaba como erizo en guardia, amenazando con picarme con todas las falacias a la mano: si él leía clásicos, ¿cómo podría su cuento ser malo? Y repito: no sólo era malo. Era hediondo. Pestilente. Apestaba como un cien vacas en distintos y avanzados estados de descomposición a lo largo de un kilómetro de carretera (es decir, dispuestas cada diez metros). No, no así: apestaba como un ejército de iracundos zorrillos poetas a los que les hicieron una crítica negativa de sus sonetos. El autor, acostumbrado a que sus pretendientas le aplaudieran todos sus textos con “ay, qué bonito” y muchos “likes” y corazones en Facebook, no podía procesar lo que quizás era su primer encuentro con la crítica negativa. Yo intenté decirle que no podía esperar escribir algo medianamente bueno si no tenía los conocimientos básicos de lo que era un cuento. Hoy en día el género es más flexible que nunca: sin embargo, habría que leer a los maestros del género, a los grandes autores de nuestra época, e incluso a los autores mediocres y francamente malos, para aprender lo que no debe hacerse. Por otra parte, escudarse en no leer nada de literatura contemporánea porque se le desprecia al compararla con los clásicos, pero al mismo tiempo pretender cosechar aplausos (o en su caso, “likes”) escribiendo textos así de malos, es en sí una contradicción. Desde luego, si el autor en verdad hubiese leído a los clásicos del cuento, tendría al menos una idea pasada de moda de lo que es el cuento, pero una idea al fin.
animals-animal-mammal-skunk-stink-stinky-pha0530_low.jpgYa sabemos que mucha gente que dice haber leído los clásicos en realidad no los ha leído. O no los ha comprendido como asegura. Para ser sinceros, creo que es imposible sentir verdaderamente el impacto de una novela clásica a menos que uno haya vivido cerca del tiempo en que fue escrita. Uno puede aproximarse a la experiencia metiéndose de lleno en los estudios académicos de nivel maestría y doctorado en letras, utilizando las diferentes teorías literarias para analizar un trabajo; sin embargo, hay una gran diferencia entre decir “yo sé que las novelas de tal época tenían tales y cuales características” y leer algo actual, cercano, majestuosamente escrito, que alude a experiencias muy personales y sacuden nuestro mundo porque precisamente el autor habla de algo que nos alude por ser contemporáneos, por compartir  un espíritu de época, una crisis mundial, miedos y dolores en común. Quizás la única forma de experimentar una novela clásica tal y como se hacía en el contexto de esa novela sería si tuviéramos una máquina del tiempo. Pero quien lee los clásicos y no lee a los contemporáneos, en la mayoría de los casos los lee sólo para decir que los ha leído. Para sentirse parte de la élite cultural: Caballero, aquí está su babero para comer el caviar inaccesible para la mayoría de los mortales.

89c21fdd62db522ddf3af7555b5b9d7c.jpgDecir que se es alguien que lee clásicos refuerza las conjeturas arrogantes sobre la propia inteligencia al compararse con aquellos debajo: los que no leen los clásicos. Lamentablemente las lecturas, o los gustos literarios, no tienen un impacto directo en la obra del autor: lo que natura no da, Salamanca non presta. Ni todo el desprecio por los contemporáneos ni todas las refinadas lecturas hechas cambian la naturaleza de un mal texto. Pero ayudaría muchísimo si los autores como el que menciono bajaran de sus pedestales a leer lo que los buenos escritores escriben y lo que muchos lectores disfrutan leer. No digo que esto los volvería grandes escritores: lo que no funciona en un sentido, tampoco funciona a la inversa. Pero al menos los textos saldrían desprovistos de la baja calidad que da la ignorancia cultivada desde la superioridad moral de creerse mejor escritor de lo que se es. Es decir, cuando nuestro regordete ego gira cheques para los que nuestro enclenque talento literario no tiene fondos.

b805de590ce2a1f0f8e374b6a29b8d6a.jpgEn resumen, es bueno leer tanto a los clásicos como a los contemporáneos. Es mejor empaparnos de lo que hacen los maestros, de lo que hace nuestra competencia, para no creer que estamos descubriendo el hilo negro y, sobre todo, para no hacer el ridículo. Quizá leer también nos ayude a aceptar que somos mejores en un género que en otro, y enfocarnos en nuestras fortalezas. No le hagamos caso al poeta queretano de mis años adolescentes que desdeñaba leer literatura actual: su nombre se perdió en el paso de los años. Al parecer jamás hizo más que publicar una plaquette con la administración municipal de entonces. Ahora, si me disculpan, voy a regresar a mi lectura de The hobbit. Esperen, ¿ya cuenta como un clásico o me tengo que esperar? ¿Leer a Tolkien me vuelve una plebeya o parte de la élite intelectual de los clásicos? ¿Me informan? Please, my precious… download.jpg

 

 

De gigolós y vividores

lead_large.jpgDecía una amiga divorciada que si tuviera un peso por cada vez que lava los trastes o pone una carga de ropa sucia en la lavadora, ya podría haberse pagado un gigoló durante varios meses. Desde luego no suena mal nada eso de tener buen sexo con un hombre que está allí para complacerla a una. Siendo realistas, tras un día de maternidad o de trabajo fuera o dentro de casa, siempre terminamos muertas de cansancio y listas para dormir antes de las diez de la noche. Pero en el hipotético caso de que tuviéramos el vigor y el dinero en la mano, ¿cómo encontrar un gigoló? Lo más fácil sería llamar a un servicio de “escorts” masculinos; seguro que ya existe alguna aplicación para pedir un joven galán con la misma facilidad con la que se ordena una pizza. El único problema sería decidirse por uno de los tantos en el catálogo. La triste realidad es que no siempre vivimos en una ciudad grande y de mente abierta en donde exista esta clase de servicios. Eso nos deja entonces con los amateurs. Ante esa realidad, la cuestión que nos concierne es cómo distinguir a un verdadero gigoló de un vividor. Todos conocemos una historia así: mujer necesitada de amor se topa con hombre gandalla que termina desplumándola hasta que ella reacciona por fin.

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Vamos a las definiciones básicas: un gigoló es distinto a un prostituto cualquiera en el sentido que no recibe dinero a cambio de sexo y ya. Más bien se trata de un guapo que le da sexo increíble a una mujer, la hace sentir fabulosa, deseada, y ella, agradecida y feliz, paga las cuentas gustosamente. El vividor estándar, en cambio, es un perdedor por naturaleza y un estafador por necesidad. Ya que estamos definiendo lo obvio, una estafa es un engaño con fin de lucro. Dar gato por liebre, pues. Y como las personas no suelen venir con un letrero que nos advierta de sus malas intenciones, hay que aprender a leer las señales que deberían de ser evidentes, pero no siempre se perciben a primera vista.

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Mientras que el gigoló suele ser joven y mantiene su cuerpo en perfectas condiciones, pues es su herramienta de trabajo, el vividor suele tener algún rasgo atractivo (ojos bonitos, por ejemplo) pero el resto del cuerpo comienza a mostrar el descuido de los años: panza, calvicie, achaques. En su mente, claro, todo sigue como en sus mejores tiempos y de allí que mantenga la actitud de que las mujeres son afortunadas sólo por tenerlo junto. Su vanidad le impide ver que el verdadero necesitado es él. Por su parte, el gigoló sabe que hay que trabajar para obtener remuneración: el vividor cree que sólo por existir tiene derecho a que otros lo llenen de regalos, a cambio de nada de su parte. La percepción objetiva de la realidad es el mejor arma del gigoló; el ego tan grande que nubla la propia razón es el talón de Aquiles del perdedor que quiere vivir a costa de las mujeres.

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Otra diferencia importante es que el gigoló es próspero pues se toma en serio su papel: tiene su propio lugar para vivir, vehículo. Va asiduamente al gimnasio, lleva una vida sana, tiene una lista de clientas, es organizado, lleva sus cuentas, y hace bien su trabajo. En otras palabras, se esmera y se desvive por complacer a su dama en turno, llenándola de caricias, besos y cumplidos. Le hace sentir que el suyo será el dinero mejor invertido y jamás la decepciona: le proporciona sexo apasionado, candente, con toda la voluntad de complacer. Es cariñoso, la escucha, la hacer sentir bien en todos los sentidos. En cambio el perdedor/vividor pocas veces tiene lugar propio para vivir y por lo general brinca de la casa de una mujer embaucada a la siguiente; nunca tiene dinero, pero siempre está lleno de planes y negocios fabulosos que le traerían gran prosperidad si tan solo alguien quisiera invertir en su gran idea. El perdedor es el típico que “olvida” la cartera cuando sale a comer con su pareja, o el que está esperando perpetuamente un dinero que le deben por un trabajo que ya hizo. Ya en la cama, el perdedor hace honor a su nombre: su desempeño sexual es bajo, mediocre o nulo. A veces la razón es que su cuerpo ya en franca decadencia no responde como antes (el sobrepeso, el cigarro, el sedentarismo pasan factura), pero en la mayoría de los casos es por su falta de interés: entiende el sexo como una masturbación en la que, en lugar de su propia mano, se usa a otra persona. El proceso culmina con su eyaculación y, con frecuencia, con un darle la espalda a la mujer y sumirse en un profundo sueño.
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Si el gigoló es felizmente recordado por sus clientas y por lo mismo recurren a él una y otra vez, el vividor, una vez develada su naturaleza, sale para siempre de la escena. Como corresponde a su baja naturaleza, se defenderá diciendo que todas las mujeres con las que ha salido están locas. Ser la víctima constante de las malas mujeres en su vida será su carta para atrapar a su próxima presa. La idea de este artículo es no ser justamente esa persona. Good luck and enjoy!

 

Mr. Mercedes, de Stephen King (Scribner, 2014) (Plaza y Janés, 2014)

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Un par de advertencias:

La primera: Quien escribe esta reseña está literalmente enamorada de cada cosa que Stephen King hace, desde sus cameos en Kingdom Hospital hasta las referencias (con frecuencia burlas) a sí mismo o a otros libros suyos, pasando por sus ojillos pipiliscos, esa sonrisa sin labios y, por supuesto, todos y cada uno de sus libros. Usted disculpará de antemano esta debilidad mía.

La segunda: Así como Christine hizo que el Chrysler Plymouth Fury del 58 pasara de ser un carro vintage de colección a una pesadilla, después Mr. Mercedes el lector no podrá mirar a un Mercedes-Benz SL500 de la misma manera.

A Stephen King se le ha llamado el maestro del horror; para muchos es más conocido por las películas que se han hecho de un puñado de sus libros. ¿Quién no ha sentido miedo de bajar a la cocina por un vaso de leche después de ver The shining? Sin embargo, en la opinión de esta humilde y abyecta lectora, cada vez que King se separa del horror sobrenatural se vuelve mejor escritor. Por ejemplo, en The Tommyknockers, donde el tema son los extraterrestres, o The Green mile, donde está lo sobrenatural, sí, pero el horror es el humano, o en su maravilloso cuento “The body” que dio origen a la película Stand by me, o su libro On writing, una genial especie de autobiografía-manual para el aspirante a escritor.
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En lo que atañe a esta reseña, hablaré de un libro de King que tampoco encaja en su tradición más conocida. Mr. Mercedes, la novela número cincuenta y siete del autor, es un thriller perfecto, un libro de suspenso que nada tiene que ver con el mundo paranormal. Mr. Mercedes es una historia casi tradicional de detectives que trata sobre un asesino psicópata y un policía ya jubilado que decide atraparlo, sin importar si es al límite de la ley, pues su “placa” ya no es válida. Mientras vemos cómo se desarrolla esta persecución gato-ratón, en narrativas entreveradas el lector accede al pasado del policía y a la psique del asesino, que nada tiene que pedirle al Bates que administra un motel.

Me atrevo a afirmar, sin embargo, que si ésta es una novela de detectives, Stephen King lo hace mejor que cualquiera. Las llamadas “hard-boiled novels” son más bien fatalistas y se limitan a una posición maniquea de la naturaleza humana: asesino malo; detective bueno. Stephen King, en cambio, nos muestra una visión del mundo mucho más amplia. Tanto el detective como el asesino cometen errores, a veces casi letales. Ambos tienen cola que les pisen, pero los dos se vuelven entrañables. Además, el azar juega un papel más importante que el destino. En Mr. Mercedes podemos ver un universo gobernado al mismo tiempo por un dios cruel y juguetón, pero también por el albedrío de personajes que tienen sus propias razones para actuar.

Parece que la premisa inicial de King en Mr. Mercedes es que ningún hombre o mujer puede anticipar los actos de violencia al azar, sin sentido, y que nada, absolutamente nada nos puede proteger de una catástrofe. Eso me hace pensar en los pasajeros que abordaron el avión de Germawings sin saber que el piloto Andreas Lubitz tenía planeado suicidarse utilizando el avión y sin decir ni “agua va”, o en personas muy cercanas a mí que fueron secuestradas en Tampico al llegar a su lugar de trabajo o arrebatadas de madrugada de su propia casa. Pero la novela nos ofrece personajes que se parecen mucho a nosotros, los seres humanos comunes y corrientes que no asesinamos a otros. Es como si King quisiera recordarnos que los buenos todavía superamos a los malos en número. Pero no por eso el libro deja de ser aterrador: los demonios personales que se esconden en las personas que habitan cualquier pueblito pueden asustar profundamente, más incluso, que las criaturas que se esconden en el drenaje. Las enfermedades mentales, traumas de niñez, pobreza, adicciones, bullying extremo: esos son los monstruos que se agazapan en la superficie de nuestras vidas y que dan vida a novelas de horror no-supernatural.

Mr. Mercedes inicia en 2009, cuando la recesión económica de Estados Unidos tiene apergollada a una pequeña e innominada ciudad del medio oeste americano. Se ha montado una expo-empleo en un estadio deportivo: miles de desempleados se forman de madrugada, a pesar del chipi chipi incipiente, para ser los primeros en entrar, como si esperaran el último iPhone o entrar a un concierto de One Direction. Están desesperados por encontrar trabajo. La acción comienza cuando al amanecer, un hermoso Mercedes SL500 sale de la neblina, acelera y embiste sin más a la multitud. El saldo: ocho muertos, entre ellos una bebé en brazos de su joven madre soltera, y quince heridos. La metáfora es poderosa como el motor alemán: un objeto de lujo aplasta a las víctimas de la inequidad económica.

Flash forward al presente: el detective Bill Hodges, engordando con cenas congeladas frente al televisor y contemplando seriamente el suicidio, recibe una carta del asesino del Mercedes, Brady. En la misiva, el asesino testerea al policía jubilado diciéndole que nunca va a atraparlo, pues no tiene necesidad de volver a matar. Intenta también llevarlo a la muerte: algo en lo que ya tiene experiencia. Como lo ha estado observando sin que el policía lo sepa, sabe que sólo necesita un pequeño aliciente para ponerse la pistola en la boca y terminar con su vida. Mientras, Mr. Mercedes planea y sueña con otro asesinato en masa:  esta vez será espectacular, histórico. Invita a Hodges a platicar en un sitio anónimo de internet. A pesar de que le lleva ventaja al detective cincuentón en el área de la tecnología, aquí viene al caso el dicho de más sabe el diablo por viejo… El policía con sobrepeso lleva a su némesis al límite para que termine revelándose y así atraparlo. La novela se convierte una batalla de ingenio entre Hodges y Brady: cada uno intenta hacer que el otro caiga en su trampa.
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Stephen King trasciende cualquier género. Es capaz de crear personajes complejos, de tres dimensiones, humanos, con apenas unas cuantas pinceladas. Incluso puede dibujar un pueblo entero, como lo hizo en The Tommyknockers o en Under the dome. Como siempre, King es sinónimo de suspenso de alto-octanaje, como dicen los gringos. ¿El resultado? Libros que no se pueden soltar. Si de agarrar a la audiencia por el pescuezo y no darle otra opción más que seguir leyendo se trata, Stephen King es el rey del mundo. No hay forma de no tomar Mr. Mercedes y terminarlo de un tirón (o experimentando un profundo sufrimiento cuando haya que interrumpir la lectura).

Creo que Stephen King es un escritor que se ha vuelto mejor con el paso de los años. No me refiero a lo prolífico o a su condición casi estática de best-seller. Hay autores que escriben más libros y que ganan más dinero. No. Stephen King se perfecciona. Es literario. Es majestuoso. Espero que algún día se le reconozca como el gran autor del siglo XX que es. Habrá que esperar a que se le haga justicia a este verdadero maestro de maestros, ¿y qué mejor manera de esperar que leyendo uno de sus libros?

Libertad para largarse

Disentir: no ajustarse al parecer de una persona, discrepar, estar en desacuerdo. Guillermo Fariñas es un disidente del gobierno de Fidel Castro que se puso en huelga de hambre para pedir la excarcelación de varios presos políticos del régimen castrista. Después de 135 días, convertido en un esqueleto andante, Fariñas terminó su huelga cuando el gobierno de Cuba anunció que liberaría a 52 presos políticos en un máximo de cuatro meses. Hace unos días llegaron 7 de ellos a España. No habría que olvidar a Orlando Zapata, que falleció de hambre a los 42 años, también en huelga. Por su parte, las Damas de Blanco, mujeres que le reclaman a la dictadura la libertad de sus esposos, padres, hijos, hermanos o sobrinos, hicieron también su parte, aunque no reciben la misma empatía que las Madres de Mayo, por ejemplo, quizá porque disentir de una dictadura de izquierda no es tan popular entre los revolucionarios de ideas y papel que viven en países libres.

Vivir en una dictadura totalitaria (de cualquier ala política, pero para efectos de esta columna, pongamos que hablo de Cuba) supone varias cosas. Uno, que no hay libertad de expresión. Dos, que los crímenes políticos (como criticar al Estado) son castigados con encarceramiento o con la muerte. Tres, que hay un sistema político de sólo un partido. Cuatro, que no existe la propiedad privada, excepto, claro, la que pertenece al Estado, que es toda. A veces hasta los niños le pertenecen al Estado totalitario de forma constitucional.

Ciertamente el gobierno cubano no ha matado a millones como los nazis o los soviéticos: se estima que hay 17,000 muertos. Podríamos incluso decir “apenas”. Unos ocho mil menos que los muertos por la guerra contra el narco durante el sexenio de Calderón. Pero la diferencia (poca a mucha) es numérica, no de principio. Muchos cubanos han muerto en prisión; muchos languidecen en las cárceles por el crimen de disentir. Muchos miles han escapado buscando la libertad. Miles más han muerto en el intento, algunos asesinados en sangre fría por las fuerzas del estado. Todos los que desean hacer oir sus voces viven con miedo de ser denunciados por sus vecinos, que pueden trabajar para la policía secreta, o abiertamente amendrentados por el gobierno, como el caso de Yoani Sánchez, la periodista que desde su blog “Generación Y” describe críticamente a su país, a pesar del acoso y censura (su blog ha sido bloqueado en Cuba) que sufre por parte del gobierno de Raúl Castro. En 2008 el diaro español El País le concedió el Premio Ortega y Gasset de periodismo (pero no le fue permitido salir del país para recoger su premio), y la revista Time la eligió como una de las 100 personas más influyentes del mundo. Eso, entre otros muchos otros premios y galardones. Yoani supone un peligro para el regimen castrista porque dice que en Cuba son necesarios cambios políticos y económicos, y porque denuncia la violación de los derechos humanos en su país.

Así como no existe esclavitud por una “buena” causa, no es correcto consentir una dictadura porque es de los “buenos” y no de lo que unos consideran los “malos”. La libertad siempre se opone a la esclavitud y a las dictaduras de cualquier color. No nos confundamos con los juegos de palabras de quienes para defender lo indefendible argumentan falazmente que como no existe una libertad absoluta (dado que no somos libres de asesinar a otros, por ejemplo), la sociedad (o el gobierno) nos limita al no permitirnos matar; ergo, el Estado tiene el derecho de limitar nuestra libertad de la manera que crea conveniente para el bien de la sociedad. Por lo mismo, dicen, la libertad es una ilusión, una convención social. Pero no funciona así. No es que la sociedad tenga el derecho de prohibirnos matar, sino que cada hombre tiene el derecho individual e inalienable de vivir.  De expresarse libremente. De largarse a otra parte cuando así lo crea conveniente.

Ningún “logro social” (por más cacareado y enclenque en la realidad actual) debería estar por arriba de estas libertades. De nada sirve que no haya analfabetas en un país si no se puede leer (o escribir) lo que uno quiere, si los libros se prohiben como en los buenos tiempos del Medievo y la Inquisición. De nada sirve no tener problemas de obesidad en la población si es a punta de un hueco permanente en el estómago. Si los 850grs de frijol que se le da a un cubano al mes ya son 567grs., si 14 huevos y 2.5 kilos de arroz no consiguen llenar jamás.

Si uno valora la libertad como concepto, uno debe valorar la libertad individual de cada hombre; y eso quiere decir su derecho a la propia vida, su propia libertad, la búsqueda de su felicidad. Que no se vive de pasadas victorias, que las derrotas no se desdicen sólo por decretarlo o por cacarear largos discursos. Se necesitaría tener la libertad, al menos, para largarse.

De muertes y muertes

Dice Sara Uribe que “muerta la mosca, viva la mosca”. Suele suceder. Abiertamente digo que nunca me gustó Monsivaís, aunque me hizo reír mucho las dos veces que lo vi en persona. Pero sus libros nunca me cautivaron, nunca me hicieron sentir lo que la buena literatura suele hacer, precisamente porque lo suyo era otra cosa: crónica, crítica, whatever. De Saramago sólo me gustó una de las varias novelas que leí y nunca me pareció que fuera muy congruente su posición comunista con su persona de gran autor alfaguaro que vendía libros exitosamente en el mundo capitalista.

Pues bien, se muere uno, al día siguiente el otro y yo pensé que tal vez vendría un  tercer tótem literario con tendencia a la izquierda, pero no. Igual, no deja de impresionarme cómo luego de sus decesos, aparecieron en las redes sociales y medios masivos en general cientos de admiradores de este par. Los diputados del PRD incluso sugirieron que el nombre del señor de los gatos, Monsi (no puedo dejar de pensar en la crazy-cat-lady de los Simpsons) fuera escrito en letras de oro en San Lázaro. ¿Cuántos de ellos lo habrán leído realmente? ¿O será que su fervor se debía a la posición política de Monsi y su apoyo al Peje durante ese 2006? ¿Cuántos más que se rasgaron la túnica por Saramago lo leyeron de verdad? Uno pensaría que más bien nadie quería quedarse fuera, que lamentar la muerte de dos intelectuales o escritores siempre habla bien de uno. Es chic. Es como un buen accesorio, bien Palacio de Hierro.

El que Saramago y Monsi murieran no deja de ser lamentable, pero ya se esperaba a menos que alguien ya haya encontrado la fórmula de la inmortalidad. Los dos ya habían sobrepasado el promedio de vida para los varones en casi todo el mundo occidental. Hubo otra muerte, sin embargo, que sí me sacudió: la de Rodolfo Torre Cantú. No porque un cuerpo valga más que otro, no porque un político valga más que un miembro de “los alacranes”, sino por el significado que la sangrienta ejecución de un candidato de 46 años en víspera de elecciones supone. Fue como ese rugido del tiranosauro rex: una amenaza, una  derroche de brutalidad, la fuente del miedo. Si ellos, los que ostentan el poder y la fuerza pública son también vulnerables al crimen organizado, el resto de la ciudadanía no tenemos muchas esperanzas. Sigo pensando que la solución a todo esto sería la legalización de las drogas y el confiar en el libre albedrío de cada persona para volverse usuario o no. Es evidente que la prohibición de las drogas no ha limitado en absoluto su consumo; esta guerra es tan sangrienta porque precisamente está en juego un gran capital, un gran negocio. Pero esa es otra historia, diría la nana Pancha.

Tampoco es porque mi impresión de los políticos haya cambiado: sigo pensando lo peor de ellos. Van por el dinero de los demás. Los que verdaderamente quieren servir a otros, están haciéndolo ya y no desde la política, sino desde la acción ciudadana, personal o grupal. Igual creo que hay unos peores que otros, y que entre varios males se puede escoger el menor. No creo que Rodolfo Torre haya sido un santo, pero ciertamente nadie merece morir de esa manera. Y ahora nunca podremos juzgarlo como gobernante. Luego hay otras muertes. El que el PRI haya perdido Tampico es una suerte de muerte simbólica. El desempeño de alcaldes anteriores a Óscar Pérez Inguanzo, del PRI o el PAN, puede cuestionarse desde muchos puntos de vista. Sin embargo, parecía que la alternancia le daba cierta sanidad al gobierno, un cierto tope para las ambiciones personales. En mis 13 años aquí, nunca vi tan mal a Tampico que bajo la administración de OPI. Nunca estuvo la ciudad en tan lamentable estado, a la vista de todos; los mismos burócratas bajo su mando perdieron hasta el derecho a servicios de salud. Las patrullas de tránsito se volvieron sospechosas, sin placas, chatarras. En cultura, nunca se hizo tan poco y eso poco, tan mal hecho. Al pasado alcalde la infamia lo precedía y él gobernó justamente así. Espero que Tampico florezca con la nueva administración, pues la pasada todavía apesta a muerto. Sólo esperemos que no haya resurreción. Adiós adiós que nadie la extrañará.

Padres de paja y querubines tiranos (o cómo hacer leña del árbol más gordo)

La culpa no es de la estaca, si el sapo salta y se encaja...

Primero fue la anciana Stella Liebeck la que demandó a McDonalds porque se echó encima una taza de café y se quemó. Tras una multa de casi 3 millones de dólares, entre castigo y compensación, el gigante de comida rápida comenzó a poner advertencias en sus vasos de precaución por el líquido caliente. La viejita descubrió el hilo negro: el café quema si te lo echas encima. El agua en grandes cantidades puede ahogar, beber cloro es peligroso y los escorpiones pican. Quizá haya que poner advertencias en eso también. La viejita murió millonaria. Asusado por esta victoria y por la tendencia de echarle la culpa quien sea antes que admitir nuestras propias faltas, el gordito Caesar Barber intentó (fallidamente) demandar a varias cadenas de comida rápida (la del payasito Ronald por delante, por supuesto) por ser responsables de su obesidad rampante de 123 kilos, diabetes y un par de infartos. Estuvo ingieriendo durante años, de 4 a 5 veces por semana, comida rápida y ahora buscaba al chivo expiatorio que lo convirtió en Java the Hut. Como si le hubieran metido la comida en la boca a fuerzas, como si se la hubieran regalado, como si le hubieran prohibido hacer ejercicio.

Me llama la atención que siempre hay gente que se siente moralmente superior a los demás como para saber qué le conviene al resto de las personas, y que exige al gobierno que prohiba todo lo que a su juicio (moralmente superior, dije) es perjudicial, malo, o indebido. De paso, nada tontos, pretenden hacerse millonarios a costa de los blancos más fáciles. Siempre me he preguntado por qué todo mundo odia a Walmart, mientras que las otras cadenas de supermercados que tienen las mismas prácticas comerciales pasan inadvertidas. Igual, la gran Eme amarilla es el símbolo de todos los males universales y todos aspiran a una demanda en su contra. Pues bien, el The Center for Science in the Public Interest está amenazando con demandar a McDonalds porque dice que los juguetes de las cajitas felices engordan a los niños. Dejemos a un lado que Burger King, Carl’s Junior, Jack in the Box, Whattaburger, KFC y otros también ofrecen juguetes con sus comidas infantiles. Este centro alega que los juguetes engañan injustamente a los niños, que a su vez le suplican a sus padres que los lleven a McDonalds y éstos, irremediablemente, acceden.  A ver, a ver, a ver…

Yo estoy en pro de la libertad económica, de expresión y de la libertad personal de elegir en qué gastar, qué comer, qué creer y cómo educar a nuestros hijos. Estoy en contra de que el gobierno o ciertos grupos pretendan imponer sus ideas y su moral sobre los demás, impulsando leyes que coartan la libertad. Detesto a los padres blandengues que quieren que el Estado y las escuelas hagan su trabajo. Odio a esos adultos controlados por enanos tiranos a los que cumplen todos sus caprichos por un miedo enfermizo a ser tachados de mala onda o por una incapacidad vertebral de ejercer un mínimo de autoridad. Estos irresponsables son los mismos que se asombran de porqué el tejido social está así de podrido y creen que tomando cursos de valores y de inteligencia emocional podrán remediarlo todo. O quizás es la culpa del presidente o de los gringos o de alguien más. Les tengo una noticia: si un hijo quiere un juguete, no estamos obligados a comprárselo. El querubín puede hacer un sano berrinche, no se morirá. Si nuestro crío exige ir a McDonalds, podemos quedarnos en casa y preparar una comida sana. Que no se nos olvide que el carro lo manejamos nosotros, el dinero lo ganamos y lo tenemos nosotros, los adultos. Se vale decir que no, se vale hacer lo correcto y no sucumbir a una rabieta infantil. Si comenzamos a responsabilizarnos por los hijos que criamos, o por las cosas que nos metemos a la boca, o por cuidar nuestro propio cuerpo, en vez de pedir que lo prohiban todo como si fuéramos todos unos subnormales incapaces de ejercer nuestro libre albedrío, tal vez otro gallo le cantara a nuestro país.

Circunvalaciones deportivas

Hoy la columna será deportiva. No soy nada constante, pero me gusta correr y nadar cuando el clima, las demás actividades y mi voluntad lo permiten. Hablo como alguien que conoce la dulce sensación de las endorfinas y de los músculos cansados y adoloridos.

Primero pongamos claro qué es deporte. Según el diccionario, es una “actividad física ejercida como juego o competición sujeta a normas, cuya práctica supone entrenamiento y buen estado físico”. No porque algo lo reporten en la sección deportiva de los periódicos o noticieros, o porque cualquiera le llame así a cierta actividad que realiza, quiere decir que lo sea. Aunque salgan en ESPN, la equitación, la pesca, el golf, la caza, y las carreras de veleros o autos, no son deportes. Vamos poniendo unos parámetros. No es deporte 1) Si tu cuerpo lo mueve un motor de combustión interna, el corazón de un animal, o el viento; 2) Si el resultado de tu esfuerzo es un animal muerto y no lo has atrapado ni matado con tus propias manos; 3) Si para mantenerte en buena condición precisas practicar un verdadero deporte; 4) Si ocupas que una especie de esclavo cargue tus cosas y te lleven en un carrito hacia el punto en el que moverás tus brazos una sola vez; 5) Si puedes beber cerveza o comer algo mientras lo practicas. ¿Estamos?

Ahora hablemos del deporte del año: el futbol soccer. Más interesante que los partidos mismos, son las reacciones de las personas a ellos. Hasta los narcos se toman un descanso y celebran los goles nacionales con disparos al aire. Luego están los auto-llamados intelectuales que denostan a los fanáticos y no pierden oportunidad de desdeñar a los que disfrutan y se emocionan con los partidos de la selección nacional. Se sienten intelectual y moralmente superiores que el Perro Bermúdez. Hay quienes incluso afirman que el Mundial es cosa truculenta del gobierno federal para distraernos de los problemas del país. Hasta me hacen admirar Calderón como si fuera Dexter: no sólo orquestró el fraude contra el Peje y le hizo unos fotomontajes al honesto Bejarano, sino que se inventó lo de la Influenza y consiguió que el mundo entero le hiciera segunda, desapareció al Jefe Diego y ahora arregló para que Santo Cuau y el Santo Niño de Chícharo le ganaran a Francia para distraernos del caso ABC y de la violencia diaria. Marvel debería de hacer un villano basado en él.

Disgresión aparte, estamos también las mujeres que sin ser aficionadas de hueso colorado y pudiendo vivir por cuatro años tranquilamente sin mirar un partido de futbol, disfrutamos ampliamente del Mundial. Somos las mismas que apreciamos a cada jugador individualmente y no sólo por estar en tal o cual equipo. Las que añoramos esos shorts que se usaban en los ochentas y la que protestamos cuando la trasmisión se corta justo en el momento en que los chicos del equipo ganador comienzan a quitarse las playeras. Las que nos fijamos en los cortes de cabello o en la caída de las telas sobre los cuerpos. Las que discutimos qué selección contiene a la mayor cantidad de guapos. Y tal vez somos poncha-balones, pero es una forma divertida de vivir el Mundial. Yo confieso pertenecer a este grupo. Luego están las mujeres que resienten cada partido que las mantiene alejadas de sus hombres, la convivencia del novio-marido-amante con sus amigos y el no ser el centro de atención. Son las mismas que pretenden vengarse haciendo shopping o yéndose de copas con las amigas, pero en el fondo no encuentran alivio en nada. También están los que, inspirados por el Mundial, salen a los parques y canchas miniaturas para jugar futbol en cámara lenta, cerveza como bebida rehidratante, y una semana entera para convalecer por esos movimientos deportivos inusuales para sus piernas.

Ciertamente los problemas nacionales seguirán intactos para cuando termine el Mundial. Mientras tanto, nada malo en disfrutar los partidos ni en inspirarse para iniciar una rutina deportiva. A ponerse la verde.