¿Cuál es la onda? Ay, que los del boom ya usan credencial del INSEN.

Decía el señor Smith en la película Shoot Em Up (2007) que odiaba a esos idiotas cuarentones que usan colitas de caballo. No los hace verse interesantes, ni más jóvenes, ni a la moda. De hecho, y esto lo digo yo, se ven tan ridículos como los que se cubren la calva con los escasos cabellos que quedan, como tiras de queso oaxaca, o los que se pintan las canas de un negro que ya quisieran los cuervos más gallardos. Algo similar sucede con las personas que nacieron antes de las ochentas e insisten en usar la palabra “wey” de manera amistosa para referirse a otro ser humano, negando aquella época en que se escribía “güey” y era un derivado de buey -un toro castrado-, algo nada agradable para llamar a alguien. O con los que escriben todas las palabras con “K” o y con “Z”. A estos “innovadores del lenguaje” les dedico mi columneja del día de hoy.

Está bien, no soy intransigente. Entiendo que cuando uno hace un twit y tiene un límite de 140 caracteres cada letra cuenta. También que a veces la premura para escribir un SMS requiere de abreviar ciertas cosas. Como cuando la gente usaba aquella extraña forma de comunicación llamada telegrama. Escribir “kiero” en lugar de “quiero” tiene un ahorro de una letra. Si nos las cobran, pues bien, vamos a ahorrar, junto con el agua y la luz. Sin embargo, he visto que muchas personas usan la “K” indistintamente, sin ahorro, como por ejemplo en “kosa”. Algunos, para rematar, sustituyen todas las “S” o “C” por “Z”. Entonces la cosa se vuelve la “koza”.

Yo recuerdo a mis alumnitos escribiendo atrozmente de esta forma y yo, en mi papel de maestra-de-redacción-que-se-lo-toma-en-serio aunque no tuviera ninguna prestación que por ley correspondía (ay, ay, instituciones privadas de primer mundo), los reñía por no escribir por corrección. Recuerdo que un chico me dijo muy seguro de sí mismo que sólo era para escribir más rápido en los chats o en el celular, pero que ellos sabían escribir bien. Tal vez, pero la realidad era que en sus trabajos finales aquella forma de romper las reglas sin ningún propósito se colaba sin querer. Claro, sumada a su incapacidad nata para poner acentos o puntuar correctamente. El resultado eran miles y miles de pesos por semestre, borregos de oro, de plata y de lo que sea, y una redacción propia de un analfabeta que no terminó la primaria. Como si se empeñaran en mostrar que son ignorantes, mediocres o idiotas. Pobres chicos. Espero que todos sus padres hayan sido grandes empresarios y con el hábito del ahorro.

Pero no quiero hablar nada más de mis exalumnitos, que en aquel entonces eran jóvenes y bellos y creían que eran demasiados buenos para el lenguaje. Ya se sabe que la vida termina por enseñarnos a todos. Quiero hacer la conexión de la ridiculez de la colita de caballo con esta forma de escribir, porque la verdad es que me he topado con personas de mi edad y mucho mayores que “weyean” a la menor provocación y violan el lenguaje con esas substituciones absurdas, pensando que junto con las cirugías plásticas, el bronceado, las mechas rubias, y el auto deportivo, los hace verse más jóvenes. Pues bien, les tengo una noticia y cito verbatim a Mr. Smith: That pony tail doesn’t make you look hip, young, or cool. Igual, expresarse de esa manera no los hace verse en onda. Los hace dar pena ajena. Hay que asumir la edad con la corrección propia del lenguaje y un corte al ras para llevar la calvicie con dignidad.

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