Si es un sapo, pedrada, nada de besos

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Hace unas semanas mientras sacaba copias en un almacén para oficinas, noté que un chico (y para mí ese sustantivo va para cualquier hombre menor que yo) me miraba desde otro ángulo de la barra. En ese instante en que mis ojos contactaron con los suyos, me sonrió. Bajé de inmediato la vista hasta mis cosas. Mi cerebro analizaba a toda prisa la información: el chico era una especie de mezcla entre Colin Farrell y Brendan Fraser en sus tiempos buenos y delgados. Además no parecía tener más de 25 años. ¿Habrá sido una equivocación, una de esas veces en que la gente saluda o sonríe a alguien que está detrás de uno? Volví a mirarlo y Colinbrendan me sonrió por segunda vez. Fingí ver mi reloj, como si tuviera prisa y me concentré en ver a la señorita que atendía mi pedido. ¿Será posible, pensé, que este chico tan lindo esté coqueteando conmigo? Y no acaba de formularme tan retórica cuestión, cuando el susodicho cambió de ubicación, instalándose justo a mi lado. Y desde allí, podía sentirlo mirándome. Estaba cerca, unos diez o quince centímetros entre nuestros brazos apoyados sobre la barra. Y a pesar de que mi perfil nunca ha sido mi mejor ángulo, supe que si algo tenía que pasar, tenía que ser allí: me correspondía hacer algo de plática, preguntarle cualquier cosa, luego su nombre, lo que fuera. En su lugar, pretendí escribir un mensaje en el celular, revisar mis hojas, y al final pagué un poco apresurada y me fui. El pobre chico debe de haber pensado que yo era una especie de monja sicótica o algo así, porque no respondí a ninguna de sus lindas sonrisas.

En el carro respiré y me encontré al tiempo sorprendida y contenta, con el ego por los cielos: si yo hubiera querido, me dije, aquello podría haber llegado a cualquier lado que me apeteciera a mí. Después me puse a pensar que mi sentimiento de triunfo por omisión no habría sido el mismo si el coqueto hubiera sido otra persona, digamos una menos agraciada. Coqueteo o acoso, esa es la cuestión. O como dicen por allí, todo depende. ¿De qué? Pues de quién vengan los cumplidos. Porque un mismo acto puede interpretarse de una manera diametralmente opuesta en función de quién lo ejerza. Ah, que la labor de la conquista amorosa (siempre con el implícito fin del coitio, disfrazado con el nombre de noviazgo o matrimonio o amistad con derechos o lo que sea) se vuelve un ejercicio complejo y difícil en estos tiempos tan políticamente correctos en los que incluso hay leyes contra el acoso sexual.

Que quede asentado aquí que la arribafirmante está de acuerdo con tales leyes y que estoy en contra de quien sea que utilice su posición para obligar a un subordinado a acceder a sus avances eróticos utilizando la diferencia de poder entre ellos. Pero recuerdo ahora que en uno de mis viajes en avión tuve que compartir el asiento con un hombre (el sustantivo va para cualquiera de mi edad y mayor) con una calvicie incipiente, un reloj de oro y una cadena del mismo material que era visible al máximo sobre su cuello peludo, ya llevaba la camisa desabotonada a casi medio torso. Por supuesto que seguía haciendo llamadas desde su Blackberry aun cuando todos los celulares deberían de estar apagados. Me volví a mirar a mi vecino, esperando que apagara esa cosa. Al hacerlo no pude evitar darme cuenta de que el hombre además de cuasicalvo, no era nada guapo. Cierto, olía a loción cara y su ropa tenía marcas por todos lados, como sacada de los anuncios de GQ. Y con todo, era un tipo desagradable. Bobo, además, porque malinterpretó mi mirada de apaga-tu-celular y comenzó a hablarme. Yo tenía un libro en las manos y los audífonos puestos (apagados, claro), pero al parecer estas señales de no quiero-hablar-con-nadie le pasaron desapercibidas. El tipo comenzó a hablarme de sus ranchos (no uno, sino varios), de su afición por cazar venados, de su Rólex y de su Hummer recién comprada. Me sentí incómoda: no sólo me hablaba de temas que me parecen tan interesantes como la dieta blanda de Fidel Castro y los movimientos intestinales de Chávez, sino que me di cuenta de que lo que hacía el hombre era sacar sus  mejores plumas, esperando impresionarme con el inventario de sus bienes y de su poder adquisitivo. Y lo sentí así, como un acoso, una violación a mi derecho de poder pasar un vuelo con los ojos cerrados, en silencio y escuchando mi propia música. Tal vez eso le ha funcionado con otras, pero el tipo tenía claramente errado su mercado meta.

¿Entonces cuál es la diferencia entre un coqueteo que levanta los ánimos y una conversación que resulta incómoda y opresiva? El sujeto en cuestión. Los príncipes no pueden venir en forma de sapo. Punto.

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