Los hilos que nos mueven

Quién no ha padecido a los estrógenos, o miente o es anacoreta o tiene una vida tan mala que las hormonas no hacen diferencia alguna, lo cual es bastante triste. Para el resto de los mortales, es un calvario recurrente y mensual. Las mujeres nos sentimos los títeres del estrógeno, y los hombres, el público espectador que recibe zapes sólo por mirar. No sé si las feministas vayan a lapidarme por esto, o si los que creen fervorosamente en el libre albedrío quieran unírseles, pero yo creo que durante ciertos días antes del periodo menstrual (el infame PMS por sus siglas en inglés), las mujeres dejan de ser ellas y se convierten en alguien más. No somos nosotras mismas, y por lo mismo, no deberíamos ser responsables por completo de lo que pudiéramos hacer o decir durante esos días.

Todo lo que pido es un poco de piedad, vaya. O al menos la misma paciencia que le guardamos a un motor que se rehusa a encender o al congelamiento de la pantalla de  la computadora, ante lo cual sólo podemos levantar el cofre y mirar pasmados, o presionar teclas a diestra y siniestra. Quienes son lógicos y medianamente inteligentes no creen que una máquina no quiera colaborar o esté fallando con alevosía y descaro. Pues bien, una mujer antes de su ciclo menstrual tampoco se propone perder la paciencia por nimiedades, ni soltarse a llorar ante la menor insinuación, la que sea, ni explotar en un enojo que parece incomprensible. Tampoco retiene agua por gusto, ni sucumbe a un enorme apetito nomás porque sí, ni se apunta por su voluntad en la fila donde se regalan los cólicos y los senos sensibles.

No. Al contrario. Es algo esquizofrénico, como si una personalidad ajena tomara control de nosotras, por poner un símil psiquiátrico. Es como si nos poseyera un demonio (de allí de lo del genio de los mil demonios), si nos queremos poner bíblicos para las comparaciones. O como si un Coyi Kabuto se metiera en la cabina de control de su Mazzinger Z, si queremos ponernos nostálgicos por las caricaturas ochenteras. Pero la idea es esa. Lo peor, sin embargo, es la conciencia de que estamos actuando de cierta manera y no podemos hacer nada al respecto. Esa falta de control, a mí al menos, me aterra. Y jamás me he sentido más sola, abandonada e incomprendida que cuando alguien se enoja conmigo por mi manera de actuar durante esos días.

No quiero ni imaginar qué será el descontrol hormonal de la menopausia. Sólo habrá que pedir paciencia, harta paciencia, mi querido Solín.

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