El lujo

Esta fue la semana de las declaraciones estúpidas. A saber, las del sub-secretario de agricultura (Juan Camaney castrador de dinosaurios) alabando la eficiencia en el campo de los narcos y las del presidente en cuanto a las empresas que “no pagan impuestos”. Esas metidas de boca (que no de pata) que hacen quedar a Fox como un intelectual, nos distrajeron de la “austeridad republicana” que proclama el señor López y los tenis Louis Vuitton modelo Kayne West de 900 dólares, que traía su retoño en esa protesta en defensa del SME. Los detractores alegan incongruencia (el AMLO junior tiene por hobby pasear en yate), mientras que sus defensores dicen que el chico trabaja y tiene derecho de gastar su dinero como mejor le plazca. No voy a cuestionar que su nómina la cobre del gobierno del DF (no, eso sería mirarlo con cierto sospechosismo creeliano). Seguro que tiene su chamba por mérito propio, seguro. Pero  todo esto de los tenis de diseñador (sólo se vendieron 20 pares en todo el país) me puso a pensar en el lujo.

Había un comercial en el que una mujer alegaba que tal cosa (no recuerdo el producto que vendían, bendita mercadotecnia) era un lujo, pero ella creía valerlo. Pero no necesito a la televisión abierta y sus anuncios para concluir que muchas personas equiparan su valor personal con el precio/marca de las cosas que poseen. Asumen que el lujo les dará (o compensará por) algo que no tienen o no son. Y aunque los que tienen más dinero suelen gastar más en lujos, no es una regla. Hay gente con buena situación económica que es austera y pragmática en sus adquisiciones, y hay quien vive siempre en deuda con el banco, la tienda departamental y los amigos, sólo para poseer cosas que superan su ingreso real.

No discuto aquí que la calidad de las cosas “suele” (mas no siempre) tener un precio mayor. Por ejemplo yo que corro, sé que hay diferencia entre unos tenis cualquiera, y unos diseñados para correr. Mis pies, mis articulaciones, la ausencia de ampollas lo prueban. Eso no quiere decir que deban ser el último modelo de la marca en voga. Me conformo con un modelo de hace un año o dos (a menos de la mitad, sólo por eso) y de marcas que no son para lucir, sino que aseguran buen desempeño y casi nadie que no corra, conoce. 30 dólares y los uso por unos 4 años.

Conozco personas que son un anuncio ambulante de marcas lujosas. Caminan con cierta altivez, pensándose superiores a los “desmarcados”. Tal vez su vida es tan vacía que temen que si vistieran genéricamente, no tendrían nada que los distinguiera del resto de los habitantes del planeta. Ni cultura, ni inteligencia, ni una postura, ni ideales, ni congruencia, ni logros personales. Como decía Sabina de Cristina Onassis: “era tan pobre, que no tenía más que dinero”. Eso es triste.

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