Lo más difícil de explicar

Dicen que la vida la aprendemos en la calle. Al menos mi hija pequeña pregunta muchas cosas cuando transitamos en el carro. ¿Cómo le hacen los semáforos para ver cuándo viene carro? ¿Por qué Santoclós y el niño Dios no le traen regalos a los niños pobres?  ¿Por qué esas niñas de mi tamaño piden dinero solitas en la calle? ¿Por qué hay gente que huye cuando hace algo malo? Desde luego unas son mucho más sencillas que las otras. La primera es meramente técnica y entendida con facilidad. La segunda me hace trastabillar y llegar a débil compromiso entre guardar la burbuja de ilusión de sus seis años y hacer quedar bien a los derivados de un dios supuestamente benevolente y todopoderoso en el que ni siquiera creo. La tercera resulta muy cruda, pero aludo a la pobreza, la explotación y a la irresponsabilidad de algunos padres. La cuarta, sin embargo, es la que más se me complica, sobre todo porque me la hace sobre ejemplos que nos aluden directamente.

Hace tres días estábamos en el auto, con el semáforo en rojo, en una cola del tráfico caótico de una escuela a medio día. De pronto, un hombre (en su auto, por supuesto) llegó y nos chocó por detrás. Iba distraído o tenía malos frenos o era simplemente estúpido, pero el caso es que nos aventó hacia adelante. A mi hija y a mí no nos pasó nada, traíamos el cinturón, pero mi nena se asustó mucho por el golpe. Acto seguido, el hombre se salió de la fila, se metió por una gasolinera, y emprendió la huida en su vehículo. ¿Por qué se va si fue su culpa? ¿Quién nos va a arreglar el carro? preguntó mi hija. Antier, por otra parte, estaba en el festival de mi nena. Yo soy puntual y como llovía, me estacioné en un lugar cercano a la entrada. No pensé que los padres de familia que llegaron tarde y que no quieren caminar unos metros más, se estacionarían no sólo en doble, sino en triple fila. A pesar de que fueron voceados los dos vehículos que me obstruían, sólo uno acudió al llamado. Al final, luego de unos 30 minutos de maniobrar, pude salir por un hueco que se hizo a mi lado. ¿Por qué no viene a mover su camioneta si nos está tapando?, preguntó mi hija. Imaginé a la señora dueña de la minivan parloteando con sus amigas, sin importarle que yo no pudiera salir, a pesar de que se le pidió por el micrófono unas cuatro veces que se moviera.

Explicar la irresponsabilidad, la falta de calidad humana, la conchudez, la gandallez, la malandrez y la negligencia de las personas a una pequeñita de seis años es lo más difícil del mundo. ¿Cómo decirle que todos estamos expuestos e indefensos a los canallas que comparten con nosotros las calles, las escuelas, las tiendas? ¿Cómo explicarle que los  crímenes aparentemente inocuos son los hilillos retorcidos con los que se teje la podredumbre de la sociedad? Los hijos de esas personas, sin duda, aprenderán  también a huir de sus responsabilidades, a jactarse de que se -ingaron a alguien, a tranzar para avanzar. Así es la gente, le dije. Hay gente mediocremente mala.

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