La belleza libre

Simon Wiesenthal-Centro para la Dignidad Humana Museo de Tolerancia

Para Adriana, que me lee a veces desde la Ibero.

Más que la naturaleza, que es maravillosa y apabullante en su esplendor y perfección,  así como en sus defectos, siempre he admirado mucho más las creaciones del hombre. La naturaleza es; el hombre no sólo es, sino que decide crear. Me fascinan las historias que una construcción humana esconde entre sus piedras y sus siglos de antigüedad; vivo otras vidas leyendo las novelas de mis autores favoritos; experimento verdadero placer cuando miro una pintura que me provoca sentir; sonrío cuando una canción dice justo lo que yo estoy sintiendo en cierto momento de mi vida. Admiro también las enormes grúas que son capaces de crear enormes edificios, la computadora en la que ahora mismo escribo, lo cuasi-mágico de internet, o una vacuna que previene que yo sufra de poliomelitis, por ejemplo. Todo producto del ingenio, el talento y la inteligencia de unos cuantos, y que proporcionan beneficios a tantos otros.

En cambio, hay cosas que son hermosas, pero terroríficas. Decía Tadeusz Borowski, un polaco sobreviviente de Auschwitz: “Las pirámides egipcias, los templos, las estatuas griegas: ¡qué crímenes tan horrorosos fueron! Cuánta sangre se vertió en esas calles romanas, en las murallas de las ciudades. La Antigüedad -ese tremendo campo de concentración en donde al esclavo su amo le marcaba con hierro en la frente y lo crucificaba si trataba de escapar…” Justo hace poco, que tuve la oportunidad de conocer Chichen Itzá, experimenté esta sensación de estar ante algo grandioso, pero fruto de la sangre y el sufrimiento. Impresionante, pero aterrador, como la sistematización de los campos de concentración nazis. Lo mismo sucede con las hermosas iglesias que los colonizadores españoles hicieron que los indígenas construyeran, añadiendo además del látigo el toque de humillación de hacerlo justo arriba de los templos de sus propios dioses.

Decía Ayn Rand que la diferencia básica, esencial y crucial entre la libertad y la esclavitud es el principio de acción voluntaria versus el de la coerción física para esa misma acción. Tenemos entonces la arquitectura de esclavos y la arquitectura de los hombres libres.   Si la belleza puede ser producto de la libertad o de la esclavitud, de la voluntad propia o de la amenaza de muerte, ¿pierde alguna de sus cualidades? ¿El fin justifica los medios? ¿Al final lo que importa es lo que queda?  ¿Al sufrimiento se lo lleva el viento y los años?

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