De muertes y muertes

Dice Sara Uribe que “muerta la mosca, viva la mosca”. Suele suceder. Abiertamente digo que nunca me gustó Monsivaís, aunque me hizo reír mucho las dos veces que lo vi en persona. Pero sus libros nunca me cautivaron, nunca me hicieron sentir lo que la buena literatura suele hacer, precisamente porque lo suyo era otra cosa: crónica, crítica, whatever. De Saramago sólo me gustó una de las varias novelas que leí y nunca me pareció que fuera muy congruente su posición comunista con su persona de gran autor alfaguaro que vendía libros exitosamente en el mundo capitalista.

Pues bien, se muere uno, al día siguiente el otro y yo pensé que tal vez vendría un  tercer tótem literario con tendencia a la izquierda, pero no. Igual, no deja de impresionarme cómo luego de sus decesos, aparecieron en las redes sociales y medios masivos en general cientos de admiradores de este par. Los diputados del PRD incluso sugirieron que el nombre del señor de los gatos, Monsi (no puedo dejar de pensar en la crazy-cat-lady de los Simpsons) fuera escrito en letras de oro en San Lázaro. ¿Cuántos de ellos lo habrán leído realmente? ¿O será que su fervor se debía a la posición política de Monsi y su apoyo al Peje durante ese 2006? ¿Cuántos más que se rasgaron la túnica por Saramago lo leyeron de verdad? Uno pensaría que más bien nadie quería quedarse fuera, que lamentar la muerte de dos intelectuales o escritores siempre habla bien de uno. Es chic. Es como un buen accesorio, bien Palacio de Hierro.

El que Saramago y Monsi murieran no deja de ser lamentable, pero ya se esperaba a menos que alguien ya haya encontrado la fórmula de la inmortalidad. Los dos ya habían sobrepasado el promedio de vida para los varones en casi todo el mundo occidental. Hubo otra muerte, sin embargo, que sí me sacudió: la de Rodolfo Torre Cantú. No porque un cuerpo valga más que otro, no porque un político valga más que un miembro de “los alacranes”, sino por el significado que la sangrienta ejecución de un candidato de 46 años en víspera de elecciones supone. Fue como ese rugido del tiranosauro rex: una amenaza, una  derroche de brutalidad, la fuente del miedo. Si ellos, los que ostentan el poder y la fuerza pública son también vulnerables al crimen organizado, el resto de la ciudadanía no tenemos muchas esperanzas. Sigo pensando que la solución a todo esto sería la legalización de las drogas y el confiar en el libre albedrío de cada persona para volverse usuario o no. Es evidente que la prohibición de las drogas no ha limitado en absoluto su consumo; esta guerra es tan sangrienta porque precisamente está en juego un gran capital, un gran negocio. Pero esa es otra historia, diría la nana Pancha.

Tampoco es porque mi impresión de los políticos haya cambiado: sigo pensando lo peor de ellos. Van por el dinero de los demás. Los que verdaderamente quieren servir a otros, están haciéndolo ya y no desde la política, sino desde la acción ciudadana, personal o grupal. Igual creo que hay unos peores que otros, y que entre varios males se puede escoger el menor. No creo que Rodolfo Torre haya sido un santo, pero ciertamente nadie merece morir de esa manera. Y ahora nunca podremos juzgarlo como gobernante. Luego hay otras muertes. El que el PRI haya perdido Tampico es una suerte de muerte simbólica. El desempeño de alcaldes anteriores a Óscar Pérez Inguanzo, del PRI o el PAN, puede cuestionarse desde muchos puntos de vista. Sin embargo, parecía que la alternancia le daba cierta sanidad al gobierno, un cierto tope para las ambiciones personales. En mis 13 años aquí, nunca vi tan mal a Tampico que bajo la administración de OPI. Nunca estuvo la ciudad en tan lamentable estado, a la vista de todos; los mismos burócratas bajo su mando perdieron hasta el derecho a servicios de salud. Las patrullas de tránsito se volvieron sospechosas, sin placas, chatarras. En cultura, nunca se hizo tan poco y eso poco, tan mal hecho. Al pasado alcalde la infamia lo precedía y él gobernó justamente así. Espero que Tampico florezca con la nueva administración, pues la pasada todavía apesta a muerto. Sólo esperemos que no haya resurreción. Adiós adiós que nadie la extrañará.

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