Mr. Mercedes, de Stephen King (Scribner, 2014) (Plaza y Janés, 2014)

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Un par de advertencias:

La primera: Quien escribe esta reseña está literalmente enamorada de cada cosa que Stephen King hace, desde sus cameos en Kingdom Hospital hasta las referencias (con frecuencia burlas) a sí mismo o a otros libros suyos, pasando por sus ojillos pipiliscos, esa sonrisa sin labios y, por supuesto, todos y cada uno de sus libros. Usted disculpará de antemano esta debilidad mía.

La segunda: Así como Christine hizo que el Chrysler Plymouth Fury del 58 pasara de ser un carro vintage de colección a una pesadilla, después Mr. Mercedes el lector no podrá mirar a un Mercedes-Benz SL500 de la misma manera.

A Stephen King se le ha llamado el maestro del horror; para muchos es más conocido por las películas que se han hecho de un puñado de sus libros. ¿Quién no ha sentido miedo de bajar a la cocina por un vaso de leche después de ver The shining? Sin embargo, en la opinión de esta humilde y abyecta lectora, cada vez que King se separa del horror sobrenatural se vuelve mejor escritor. Por ejemplo, en The Tommyknockers, donde el tema son los extraterrestres, o The Green mile, donde está lo sobrenatural, sí, pero el horror es el humano, o en su maravilloso cuento “The body” que dio origen a la película Stand by me, o su libro On writing, una genial especie de autobiografía-manual para el aspirante a escritor.
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En lo que atañe a esta reseña, hablaré de un libro de King que tampoco encaja en su tradición más conocida. Mr. Mercedes, la novela número cincuenta y siete del autor, es un thriller perfecto, un libro de suspenso que nada tiene que ver con el mundo paranormal. Mr. Mercedes es una historia casi tradicional de detectives que trata sobre un asesino psicópata y un policía ya jubilado que decide atraparlo, sin importar si es al límite de la ley, pues su “placa” ya no es válida. Mientras vemos cómo se desarrolla esta persecución gato-ratón, en narrativas entreveradas el lector accede al pasado del policía y a la psique del asesino, que nada tiene que pedirle al Bates que administra un motel.

Me atrevo a afirmar, sin embargo, que si ésta es una novela de detectives, Stephen King lo hace mejor que cualquiera. Las llamadas “hard-boiled novels” son más bien fatalistas y se limitan a una posición maniquea de la naturaleza humana: asesino malo; detective bueno. Stephen King, en cambio, nos muestra una visión del mundo mucho más amplia. Tanto el detective como el asesino cometen errores, a veces casi letales. Ambos tienen cola que les pisen, pero los dos se vuelven entrañables. Además, el azar juega un papel más importante que el destino. En Mr. Mercedes podemos ver un universo gobernado al mismo tiempo por un dios cruel y juguetón, pero también por el albedrío de personajes que tienen sus propias razones para actuar.

Parece que la premisa inicial de King en Mr. Mercedes es que ningún hombre o mujer puede anticipar los actos de violencia al azar, sin sentido, y que nada, absolutamente nada nos puede proteger de una catástrofe. Eso me hace pensar en los pasajeros que abordaron el avión de Germawings sin saber que el piloto Andreas Lubitz tenía planeado suicidarse utilizando el avión y sin decir ni “agua va”, o en personas muy cercanas a mí que fueron secuestradas en Tampico al llegar a su lugar de trabajo o arrebatadas de madrugada de su propia casa. Pero la novela nos ofrece personajes que se parecen mucho a nosotros, los seres humanos comunes y corrientes que no asesinamos a otros. Es como si King quisiera recordarnos que los buenos todavía superamos a los malos en número. Pero no por eso el libro deja de ser aterrador: los demonios personales que se esconden en las personas que habitan cualquier pueblito pueden asustar profundamente, más incluso, que las criaturas que se esconden en el drenaje. Las enfermedades mentales, traumas de niñez, pobreza, adicciones, bullying extremo: esos son los monstruos que se agazapan en la superficie de nuestras vidas y que dan vida a novelas de horror no-supernatural.

Mr. Mercedes inicia en 2009, cuando la recesión económica de Estados Unidos tiene apergollada a una pequeña e innominada ciudad del medio oeste americano. Se ha montado una expo-empleo en un estadio deportivo: miles de desempleados se forman de madrugada, a pesar del chipi chipi incipiente, para ser los primeros en entrar, como si esperaran el último iPhone o entrar a un concierto de One Direction. Están desesperados por encontrar trabajo. La acción comienza cuando al amanecer, un hermoso Mercedes SL500 sale de la neblina, acelera y embiste sin más a la multitud. El saldo: ocho muertos, entre ellos una bebé en brazos de su joven madre soltera, y quince heridos. La metáfora es poderosa como el motor alemán: un objeto de lujo aplasta a las víctimas de la inequidad económica.

Flash forward al presente: el detective Bill Hodges, engordando con cenas congeladas frente al televisor y contemplando seriamente el suicidio, recibe una carta del asesino del Mercedes, Brady. En la misiva, el asesino testerea al policía jubilado diciéndole que nunca va a atraparlo, pues no tiene necesidad de volver a matar. Intenta también llevarlo a la muerte: algo en lo que ya tiene experiencia. Como lo ha estado observando sin que el policía lo sepa, sabe que sólo necesita un pequeño aliciente para ponerse la pistola en la boca y terminar con su vida. Mientras, Mr. Mercedes planea y sueña con otro asesinato en masa:  esta vez será espectacular, histórico. Invita a Hodges a platicar en un sitio anónimo de internet. A pesar de que le lleva ventaja al detective cincuentón en el área de la tecnología, aquí viene al caso el dicho de más sabe el diablo por viejo… El policía con sobrepeso lleva a su némesis al límite para que termine revelándose y así atraparlo. La novela se convierte una batalla de ingenio entre Hodges y Brady: cada uno intenta hacer que el otro caiga en su trampa.
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Stephen King trasciende cualquier género. Es capaz de crear personajes complejos, de tres dimensiones, humanos, con apenas unas cuantas pinceladas. Incluso puede dibujar un pueblo entero, como lo hizo en The Tommyknockers o en Under the dome. Como siempre, King es sinónimo de suspenso de alto-octanaje, como dicen los gringos. ¿El resultado? Libros que no se pueden soltar. Si de agarrar a la audiencia por el pescuezo y no darle otra opción más que seguir leyendo se trata, Stephen King es el rey del mundo. No hay forma de no tomar Mr. Mercedes y terminarlo de un tirón (o experimentando un profundo sufrimiento cuando haya que interrumpir la lectura).

Creo que Stephen King es un escritor que se ha vuelto mejor con el paso de los años. No me refiero a lo prolífico o a su condición casi estática de best-seller. Hay autores que escriben más libros y que ganan más dinero. No. Stephen King se perfecciona. Es literario. Es majestuoso. Espero que algún día se le reconozca como el gran autor del siglo XX que es. Habrá que esperar a que se le haga justicia a este verdadero maestro de maestros, ¿y qué mejor manera de esperar que leyendo uno de sus libros?

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