Category Archives: Artistas/escritores

Los escritores que no leen

 

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Hey baby, I miss you!

Hace mucho mucho mucho mucho mucho tiempo, cuando yo tenía dieciséis años, menos arrugas, más pecas e ilusiones, escribía frenéticamente en mi Mac Classic II (mi primer premio literario, gracias ITESM campus Guadalajara) y estaba enamorada del instructor del taller literario al que nunca faltaba, asistía también a todos los eventos culturales de mi ciudad de entonces, Querétaro. Bebía las palabras lo mismo de la Poniatowska, que de Monsiváis, Ángeles Mastretta, o de cualquier escritor que nos visitara; por supuesto que me chutaba de igual forma todas presentaciones de escritores de la ciudad. Lo que sea, yo estaba allí, y no sólo por los canapés y copitas de vino, sino porque desde entonces ya quería ser escritora. Recuerdo que una vez un poeta local dijo que él no leía a ningún autor contemporáneo para “no contaminarse”: leía los clásicos nada más y sólo cuando era estrictamente necesario. Aún desde mi pubertad y mi gran inexperiencia literaria, aquello sonaba podridamente mal: ¿cómo es que un escritor de esta época no lee lo que hacen otros escritores de su mismo tiempo?

images-1.jpgAcudo a ese recuerdo porque recientemente conocí a un “escritor” (las comillas son porque es muy cuestionable si merece ser llamado por este nombre). Digamos, conocí a un hombre que escribe y que más o menos estaba en la misma situación que aquel escritor local de mi juventud: no leía nada de literatura contemporánea. En realidad su desprecio cultural tiene un amplio espectro y abarca todas las artes, no sólo la literatura: se trata de uno de esos seres humanos que hubiera deseado nacer en otra época y en otro lugar, porque todo alrededor suyo le provoca náuseas y escozor en el escroto. Además, su autopercepción es descomunal y, como les sucede a muchos, su capacidad de autocrítica es inversamente proporcional a la primera.  En verdad él se considera a sí mismo un genio que puede escribir poesía que cuento, novela, guión, teatro o ensayo. Y si inventaran otro género, también lo dominaría por completo. Un ser superior como él, como los grandes genios clásicos, lo domina todo. En otras palabras, el Juan Camaney de la literatura mexicana y, tal vez, mundial. Desde luego, la sublime obra de este caballero está mayoritariamente publicada en Facebook, pues él está convencido de que los autores publicados y premiados son parte de una extensa mafia de corrupción editorial de la que, por alguna injusta razón, se excluye a los genios de su talla.  Tras hablar con él descubrí que tampoco hacía nada por ser publicado: no mandaba sus textos a concursos, ni a dictaminar a editoriales, ni a ser publicados en revistas. Ya sabemos que es siempre más fácil decir que todo está arreglado, corrompido, que lidiar con el rechazo o con la idea de que tal vez la genialidad artística que uno posee no es tan grande como lo hemos creído desde siempre. Mejor no enfrentarse a la realidad y pensar que un día alguien va a venir a descubrirnos en Facebook y nos sacará del anonimato. Hasta ese día, la certeza de nuestro talento no será cuestionada jamás.
images.pngPues bien: tras más de dos semanas de aguantar su presión para que leyera un “cuento” escrito por él (unas diez veces al día, durante varios días, me preguntaba si ya lo había hecho: luego me aseguraba que me gustaría muchísimo). A pesar de que tengo excelentes libros nuevos qué leer en mis libreros, así como los libros de amigos muy queridos y quienes admiro en verdad, accedí a leer el cuento para quitarme de encima al tábano de su autor. Gran error. Sin duda se trata de uno de los peores cuentos que he leído en toda mi vida: no sólo es ampliamente pretencioso, con “mensaje”, personajes planos y maniqueos (más o menos como de telenovela mexicana). Los diálogos son pésimos: acartonados, inverosímiles, de esos que no aportan a la trama y quizás porque la trama era en sí bastante deficiente: se trataba de un cuento sin tensión alguna, sin conflicto, totalmente predecible: un cliché, vaya. Lo peor es que además pretende ser humorístico y falla. Como dije antes, sin lugar a dudas uno de los peores cuentos con los que me he topado. Apenas terminé de leer aquello, me sentí entre la espada y la pared: ¿podría mentirle al autor y decirle que su texto era bueno, pasable, por lo menos, o tendría las agallas para  enfrentarlo con la realidad? Ese texto es como los experimentos fallidos de combinar los genes de Ripley con los de un Xenomorfo en Alien 4: alguien necesita sacarlo de su miseria. Ya. Pronto. Mientras tanto, el autor seguía preguntando si ya lo había leído: me imaginé uno de esos perros chiquitos y nerviosos que brincan incansablemente, mientras pregunta: ¿te gustó? ¿te gustó? ¿te gustó? ¿verdad que te gustó? ¿verdad que soy un genio? ¿verdad que mi cuento es una maravilla? O con la voz de Kiko, en el Chavo del 8: di que sí, di que sí, di que sí, di que sí.
images.jpgComo no soy muy buena para mentir por la cara, tuve que decirle la verdad. Sobra decir que no lo tomó nada bien. Traté de entender el por qué la bajísima calidad del texto: tal vez se debía a que el autor no tenía idea de lo que era un cuento. Uno pensaría que todo aquel que quiere escribir algo ha leído mucho de ese mismo género, a los grandes autores, a los que llevan la voz cantante en la literatura actual. Así que le pregunté a mi inquieto “escritor” cuáles era sus cuentos favoritos y a qué autores había leído. Se quedó pensativo hasta que masculló tentativamente el título de un cuento de Borges, y luego dijo pagado de sí mismo: y los clásicos. Segundos después se puso a la defensiva: ¿acaso estaba yo juzgando su cuento a partir de sus lecturas? Iba a soltarme un rollo sobre cómo el texto se debía sostener por sí mismo al igual que su crítica, cuando lo interrumpí para explicarle que no lo estaba juzgando por sus lecturas (o su falta de), sino que era sólo curiosidad: me daba la impresión de que no tenía ni la más remota idea de lo que era un cuento. Me repitió que él sólo leía a los clásicos. Y bueno, ya sabemos que aunque la gente que dice que sólo lee clásicos nunca lo admita jamás, la mayor atracción de decir que se leyó un clásico es precisamente eso: decirlo. Cuando alguien que “sólo lee clásicos” lo dice, se le llena la boca de superioridad moral: no todos pueden decir que han leído a los clásicos; ergo, quien sí, está muy por arriba de los pobres mortales que sólo han leído literatura contemporánea (no importa su calidad; el lee-clásicos-superior la descartará sólo por no pertenecer a una época pasada).
images-2.jpgDesde luego, el autor del que hablo equiparaba su “gran” intelecto a su literatura favorita, como si una cosa fuera consecuencia de la otra. En otras palabras, el arte de genios que vivieron hace siglos es (según él) un símbolo de sí mismo. Desde luego a nadie le importa un rábano partido en finas rebanadas los gustos de alguien que escribe mal, pero el autor del cuento recién leído estaba como erizo en guardia, amenazando con picarme con todas las falacias a la mano: si él leía clásicos, ¿cómo podría su cuento ser malo? Y repito: no sólo era malo. Era hediondo. Pestilente. Apestaba como un cien vacas en distintos y avanzados estados de descomposición a lo largo de un kilómetro de carretera (es decir, dispuestas cada diez metros). No, no así: apestaba como un ejército de iracundos zorrillos poetas a los que les hicieron una crítica negativa de sus sonetos. El autor, acostumbrado a que sus pretendientas le aplaudieran todos sus textos con “ay, qué bonito” y muchos “likes” y corazones en Facebook, no podía procesar lo que quizás era su primer encuentro con la crítica negativa. Yo intenté decirle que no podía esperar escribir algo medianamente bueno si no tenía los conocimientos básicos de lo que era un cuento. Hoy en día el género es más flexible que nunca: sin embargo, habría que leer a los maestros del género, a los grandes autores de nuestra época, e incluso a los autores mediocres y francamente malos, para aprender lo que no debe hacerse. Por otra parte, escudarse en no leer nada de literatura contemporánea porque se le desprecia al compararla con los clásicos, pero al mismo tiempo pretender cosechar aplausos (o en su caso, “likes”) escribiendo textos así de malos, es en sí una contradicción. Desde luego, si el autor en verdad hubiese leído a los clásicos del cuento, tendría al menos una idea pasada de moda de lo que es el cuento, pero una idea al fin.
animals-animal-mammal-skunk-stink-stinky-pha0530_low.jpgYa sabemos que mucha gente que dice haber leído los clásicos en realidad no los ha leído. O no los ha comprendido como asegura. Para ser sinceros, creo que es imposible sentir verdaderamente el impacto de una novela clásica a menos que uno haya vivido cerca del tiempo en que fue escrita. Uno puede aproximarse a la experiencia metiéndose de lleno en los estudios académicos de nivel maestría y doctorado en letras, utilizando las diferentes teorías literarias para analizar un trabajo; sin embargo, hay una gran diferencia entre decir “yo sé que las novelas de tal época tenían tales y cuales características” y leer algo actual, cercano, majestuosamente escrito, que alude a experiencias muy personales y sacuden nuestro mundo porque precisamente el autor habla de algo que nos alude por ser contemporáneos, por compartir  un espíritu de época, una crisis mundial, miedos y dolores en común. Quizás la única forma de experimentar una novela clásica tal y como se hacía en el contexto de esa novela sería si tuviéramos una máquina del tiempo. Pero quien lee los clásicos y no lee a los contemporáneos, en la mayoría de los casos los lee sólo para decir que los ha leído. Para sentirse parte de la élite cultural: Caballero, aquí está su babero para comer el caviar inaccesible para la mayoría de los mortales.

89c21fdd62db522ddf3af7555b5b9d7c.jpgDecir que se es alguien que lee clásicos refuerza las conjeturas arrogantes sobre la propia inteligencia al compararse con aquellos debajo: los que no leen los clásicos. Lamentablemente las lecturas, o los gustos literarios, no tienen un impacto directo en la obra del autor: lo que natura no da, Salamanca non presta. Ni todo el desprecio por los contemporáneos ni todas las refinadas lecturas hechas cambian la naturaleza de un mal texto. Pero ayudaría muchísimo si los autores como el que menciono bajaran de sus pedestales a leer lo que los buenos escritores escriben y lo que muchos lectores disfrutan leer. No digo que esto los volvería grandes escritores: lo que no funciona en un sentido, tampoco funciona a la inversa. Pero al menos los textos saldrían desprovistos de la baja calidad que da la ignorancia cultivada desde la superioridad moral de creerse mejor escritor de lo que se es. Es decir, cuando nuestro regordete ego gira cheques para los que nuestro enclenque talento literario no tiene fondos.

b805de590ce2a1f0f8e374b6a29b8d6a.jpgEn resumen, es bueno leer tanto a los clásicos como a los contemporáneos. Es mejor empaparnos de lo que hacen los maestros, de lo que hace nuestra competencia, para no creer que estamos descubriendo el hilo negro y, sobre todo, para no hacer el ridículo. Quizá leer también nos ayude a aceptar que somos mejores en un género que en otro, y enfocarnos en nuestras fortalezas. No le hagamos caso al poeta queretano de mis años adolescentes que desdeñaba leer literatura actual: su nombre se perdió en el paso de los años. Al parecer jamás hizo más que publicar una plaquette con la administración municipal de entonces. Ahora, si me disculpan, voy a regresar a mi lectura de The hobbit. Esperen, ¿ya cuenta como un clásico o me tengo que esperar? ¿Leer a Tolkien me vuelve una plebeya o parte de la élite intelectual de los clásicos? ¿Me informan? Please, my precious… download.jpg

 

 

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La excusa de escribir

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¿Por qué escribir pudiendo hacer cualquier otra cosa? Todos los escritores se plantean esta pregunta en algún momento. No es fácil contestar sin una cierta pretensión, pues el hacerlo requiere primero asumirse como escritor. Para mí Margaret Atwood es una escritora. Tolkien fue un escritor. Yo soy alguien que hace cuentos se publican a veces. No sé si eso sea suficiente para opinar aquí.

Los pragmáticos dicen que escribir es simplemente comunicar, no una expresión personal. Yo supongo que eso es verdad en un nivel primitivo, pero seria muy superficial quedarse en ese punto. Hacerlo implicaría ignorar la habilidad que tienen las palabras no sólo de comunicar un significado, sino también de esconderlo. Según Rudyard Kipling, las palabras son la droga más poderosa. Pero no todas las drogas son maravillosas, como ya se sabe: hay letales, hay sedativas.

Otros opinan que escribir es una actividad ideológica. Yo creo que defender una causa (la que sea) es labor de abogados y políticos, y tal vez no sea coincidencia que éstas sean las profesiones más despreciables en la sociedad. La escritura “comprometida”, como le llaman algunos, no puede eludir el hecho de que no es para el beneficio de sus lectores, sino que se trata de una herramienta travestida de literatura para alcanzar un objetivo ulterior. Los defensores de una causa no escriben realmente poemas, cuentos o novelas: escriben memoranda, panfletos. La escritura pierde sinceridad y se vuelve un acto egoísta. Un panfleto se huele desde lejos (por más disfrazado que su autor crea que esté) y los lectores reaccionan inmediatamente de forma adversa, como ante el hedor de un animal muerto; claro, a menos que estén buscando que les regurgiten lo que ellos ya creen, buscando reafirmación. Y en ese caso, no estaríamos hablando de lectores en realidad, sino de otro tipo de personas.

Con esto no quiero decir que el trabajo de un escritor no sea el producto de una pasión profunda. Al contrario. Los textos ideológicos aunque aparentan ser pasionales, no lo son: implican calcular, medir, planear estratégicamente. Son el equivalente en palabras impresas de un político demagogo. La pasión es lo contrario a esto. Es instintiva. Las grandes obras de la literatura rara vez buscan convencer a alguien de X o Y. Las grandes obras existen por sí mismas. El escritor no las controla ni las planea, pero emergen, como una fuerza que no admite ser suprimida. El artista simplemente tiene que ser el canal de esa expresión. Esto es lo que significa escribir con pasión: escribir por razones que no podemos comprender, pero que no podemos resistir. Cuando uno se pregunta por qué escribe, creo que es mejor no encontrar una respuesta racional. La escritura auténtica, me parece, es involuntaria. No es un destino, sino un viaje. Y el gran placer de escribir radica en que uno termina por sorprenderse por los sitios que se pasan durante ese recorrido.

Seamos humildes, escritores, cuando alguien nos pregunte por qué escribimos. Sé que esto es quizás una hazaña, pues escribir es hasta cierto punto un acto arrogante -una forma de exhibicionismo, esto de pensar que somos dignos de que alguien nos lea porque asumimos que tenemos algo qué decir. Porque siendo honestos, la fama siempre se disfruta más que la oscuridad. Pero la humildad y la pasión son las cosas a las que debemos aspirar. Una vez escuché que es mejor escribir para uno mismo y no tener público, que escribir para el público y no tenerse a sí mismo. Dice Lewis Black que escribir (sobre todo con patrocinios) es tal vez sólo una excusa para masturbarse durante todo el día. Y yo que tengo varias becas bajo el ala… bueno.

Grande, verrugoso y feo

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Ya lo sabemos. Algunas personas simplemente tienen que ser el centro de la atención. Los “artistas”, en particular, procuran con cierta desesperación el reconocimiento. Si tienen algo de talento (por más cuestionable o pequeño que sea) la cosa se pone peor. La auto-publicación, internet, los espacios culturales abiertos, y los compadrazgos sólo facilitan que cualquiera pueda tener sus minutos de fama local y su rebaño de seguidores. Esto, por supuesto, no tendría nada de malo si no fuera porque a veces una cantidad mínima de atención y elogios puede fluir como renacuajos hasta la cabeza del artista y se puede terminar con un caso de Bufo Egonormus. Este batracio es un complejo napoleónico que, a menor el talento/personalidad del artista, más factible es que se transforme en un sapo gigante con una percepción muy errada de sí mismo. Al no tener éxito y reconocimiento fuera de sus propias fronteras no le queda más que crecer dentro de su charco, alimentando su ego con la adulación de groupies, eventos autogestionados y las notas de éstos en el periódico, amén de las moscas que se logren papar por allí.

Sólo porque alguien le dice a uno que es el centro del universo no significa que lo sea, pero quien lleva un batracio por dentro suele retroalimentarse de quienes aseguran que el gobierno, el público y el mercado están errados en reconocer su gran talento y darle el mérito, publicaciones y recursos que merece. Los sapos se inflan un poco más mientras mueven afirmativamente la cabeza. Pero quiero notar que tener un ego enorme no es lo mismo que no tener talento. Un artista puede ser bueno y tener una alta opinión de sí mismo, pero al final, ninguna obra de arte por genial que sea es una licencia para ser la divina garza envuelta en huevo con aires de la Doña. Así se queman los puentes y la oportunidad de crecer. Peor es, claro, quien sólo tiene el ego grande y nada del talento. Estos casos proliferan especialmente en las áreas donde hay falta de supervisión editorial o mirada crítica (poesía, pintura, escultura). El artista puede alegar con cierta impunidad y candidez: “No es que yo sea mediocre, es que tú no alcanzas a entender mi arte”. ¡Croac! Fea cosa, ese batracio…