Padres de paja y querubines tiranos (o cómo hacer leña del árbol más gordo)

La culpa no es de la estaca, si el sapo salta y se encaja...

Primero fue la anciana Stella Liebeck la que demandó a McDonalds porque se echó encima una taza de café y se quemó. Tras una multa de casi 3 millones de dólares, entre castigo y compensación, el gigante de comida rápida comenzó a poner advertencias en sus vasos de precaución por el líquido caliente. La viejita descubrió el hilo negro: el café quema si te lo echas encima. El agua en grandes cantidades puede ahogar, beber cloro es peligroso y los escorpiones pican. Quizá haya que poner advertencias en eso también. La viejita murió millonaria. Asusado por esta victoria y por la tendencia de echarle la culpa quien sea antes que admitir nuestras propias faltas, el gordito Caesar Barber intentó (fallidamente) demandar a varias cadenas de comida rápida (la del payasito Ronald por delante, por supuesto) por ser responsables de su obesidad rampante de 123 kilos, diabetes y un par de infartos. Estuvo ingieriendo durante años, de 4 a 5 veces por semana, comida rápida y ahora buscaba al chivo expiatorio que lo convirtió en Java the Hut. Como si le hubieran metido la comida en la boca a fuerzas, como si se la hubieran regalado, como si le hubieran prohibido hacer ejercicio.

Me llama la atención que siempre hay gente que se siente moralmente superior a los demás como para saber qué le conviene al resto de las personas, y que exige al gobierno que prohiba todo lo que a su juicio (moralmente superior, dije) es perjudicial, malo, o indebido. De paso, nada tontos, pretenden hacerse millonarios a costa de los blancos más fáciles. Siempre me he preguntado por qué todo mundo odia a Walmart, mientras que las otras cadenas de supermercados que tienen las mismas prácticas comerciales pasan inadvertidas. Igual, la gran Eme amarilla es el símbolo de todos los males universales y todos aspiran a una demanda en su contra. Pues bien, el The Center for Science in the Public Interest está amenazando con demandar a McDonalds porque dice que los juguetes de las cajitas felices engordan a los niños. Dejemos a un lado que Burger King, Carl’s Junior, Jack in the Box, Whattaburger, KFC y otros también ofrecen juguetes con sus comidas infantiles. Este centro alega que los juguetes engañan injustamente a los niños, que a su vez le suplican a sus padres que los lleven a McDonalds y éstos, irremediablemente, acceden.  A ver, a ver, a ver…

Yo estoy en pro de la libertad económica, de expresión y de la libertad personal de elegir en qué gastar, qué comer, qué creer y cómo educar a nuestros hijos. Estoy en contra de que el gobierno o ciertos grupos pretendan imponer sus ideas y su moral sobre los demás, impulsando leyes que coartan la libertad. Detesto a los padres blandengues que quieren que el Estado y las escuelas hagan su trabajo. Odio a esos adultos controlados por enanos tiranos a los que cumplen todos sus caprichos por un miedo enfermizo a ser tachados de mala onda o por una incapacidad vertebral de ejercer un mínimo de autoridad. Estos irresponsables son los mismos que se asombran de porqué el tejido social está así de podrido y creen que tomando cursos de valores y de inteligencia emocional podrán remediarlo todo. O quizás es la culpa del presidente o de los gringos o de alguien más. Les tengo una noticia: si un hijo quiere un juguete, no estamos obligados a comprárselo. El querubín puede hacer un sano berrinche, no se morirá. Si nuestro crío exige ir a McDonalds, podemos quedarnos en casa y preparar una comida sana. Que no se nos olvide que el carro lo manejamos nosotros, el dinero lo ganamos y lo tenemos nosotros, los adultos. Se vale decir que no, se vale hacer lo correcto y no sucumbir a una rabieta infantil. Si comenzamos a responsabilizarnos por los hijos que criamos, o por las cosas que nos metemos a la boca, o por cuidar nuestro propio cuerpo, en vez de pedir que lo prohiban todo como si fuéramos todos unos subnormales incapaces de ejercer nuestro libre albedrío, tal vez otro gallo le cantara a nuestro país.

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Circunvalaciones deportivas

Hoy la columna será deportiva. No soy nada constante, pero me gusta correr y nadar cuando el clima, las demás actividades y mi voluntad lo permiten. Hablo como alguien que conoce la dulce sensación de las endorfinas y de los músculos cansados y adoloridos.

Primero pongamos claro qué es deporte. Según el diccionario, es una “actividad física ejercida como juego o competición sujeta a normas, cuya práctica supone entrenamiento y buen estado físico”. No porque algo lo reporten en la sección deportiva de los periódicos o noticieros, o porque cualquiera le llame así a cierta actividad que realiza, quiere decir que lo sea. Aunque salgan en ESPN, la equitación, la pesca, el golf, la caza, y las carreras de veleros o autos, no son deportes. Vamos poniendo unos parámetros. No es deporte 1) Si tu cuerpo lo mueve un motor de combustión interna, el corazón de un animal, o el viento; 2) Si el resultado de tu esfuerzo es un animal muerto y no lo has atrapado ni matado con tus propias manos; 3) Si para mantenerte en buena condición precisas practicar un verdadero deporte; 4) Si ocupas que una especie de esclavo cargue tus cosas y te lleven en un carrito hacia el punto en el que moverás tus brazos una sola vez; 5) Si puedes beber cerveza o comer algo mientras lo practicas. ¿Estamos?

Ahora hablemos del deporte del año: el futbol soccer. Más interesante que los partidos mismos, son las reacciones de las personas a ellos. Hasta los narcos se toman un descanso y celebran los goles nacionales con disparos al aire. Luego están los auto-llamados intelectuales que denostan a los fanáticos y no pierden oportunidad de desdeñar a los que disfrutan y se emocionan con los partidos de la selección nacional. Se sienten intelectual y moralmente superiores que el Perro Bermúdez. Hay quienes incluso afirman que el Mundial es cosa truculenta del gobierno federal para distraernos de los problemas del país. Hasta me hacen admirar Calderón como si fuera Dexter: no sólo orquestró el fraude contra el Peje y le hizo unos fotomontajes al honesto Bejarano, sino que se inventó lo de la Influenza y consiguió que el mundo entero le hiciera segunda, desapareció al Jefe Diego y ahora arregló para que Santo Cuau y el Santo Niño de Chícharo le ganaran a Francia para distraernos del caso ABC y de la violencia diaria. Marvel debería de hacer un villano basado en él.

Disgresión aparte, estamos también las mujeres que sin ser aficionadas de hueso colorado y pudiendo vivir por cuatro años tranquilamente sin mirar un partido de futbol, disfrutamos ampliamente del Mundial. Somos las mismas que apreciamos a cada jugador individualmente y no sólo por estar en tal o cual equipo. Las que añoramos esos shorts que se usaban en los ochentas y la que protestamos cuando la trasmisión se corta justo en el momento en que los chicos del equipo ganador comienzan a quitarse las playeras. Las que nos fijamos en los cortes de cabello o en la caída de las telas sobre los cuerpos. Las que discutimos qué selección contiene a la mayor cantidad de guapos. Y tal vez somos poncha-balones, pero es una forma divertida de vivir el Mundial. Yo confieso pertenecer a este grupo. Luego están las mujeres que resienten cada partido que las mantiene alejadas de sus hombres, la convivencia del novio-marido-amante con sus amigos y el no ser el centro de atención. Son las mismas que pretenden vengarse haciendo shopping o yéndose de copas con las amigas, pero en el fondo no encuentran alivio en nada. También están los que, inspirados por el Mundial, salen a los parques y canchas miniaturas para jugar futbol en cámara lenta, cerveza como bebida rehidratante, y una semana entera para convalecer por esos movimientos deportivos inusuales para sus piernas.

Ciertamente los problemas nacionales seguirán intactos para cuando termine el Mundial. Mientras tanto, nada malo en disfrutar los partidos ni en inspirarse para iniciar una rutina deportiva. A ponerse la verde.

Alsacia-Durango 1900

A ese Samuel Blum y esa Frida Rueff, por ese 1/8 que me hizo así.

No creo que exista el Mexican dream,
pero sé que nadie se sube en una balsa a la Crusoe
a un tráiler de fondo falso
a un barco de castas
a un burro sin palmas

las manos abiertas huecas
los pies ampollados fríos
siguiendo al Coyote o a Moisés

sé que nadie arranca ni deja su árbol
tronco hogar
hojas palabras
ramas familia
frutos cortados
flores sueños
con las raíces de fuera, secándose al sol,
no lo creo,
si no ha perdido la esperanza aún.

Las dos plagas

Por eso mi patria no tiene bandera, por eso no defiendo ni defenderé a un país, por eso vos sos mi patria, por eso prefiero habitarte. (JBT)

Muchos de nosotros crecimos con los super héroes de las caricaturas ochenteras, que ahora se reciclan en películas taquilleras. Otros crecieron con las fantásticas historias de la biblia, metidas a la fuerza o por costumbre y tradición. Dividir el mundo entre los buenos y los malos es lo más sencillo, sobre todo cuando se es niño y los matices no se perciben. Muchos crecemos con esa inercia y aplicamos ese maniqueísmo infantil a todo lo que nos rodea. Los pobres son buenos, los ricos son malos. Hacemos lo mismo con las religiones, los países, los partidos políticos, las ideologías. Resulta conveniente porque implica un menor esfuerzo: siempre es más fácil condenar al otro y meterlo de lleno en el disfraz de malo, que fundamentar el por qué de nuestra oposición. Es más fácil desacreditar todo lo que hace el otro sólo porque es el otro, que argumentar con lógica y evidencias a favor de lo que suponemos es “lo bueno”. Entran también los prejuicios heredados, los que se maman y nunca se cuestionan, y se asumen tal cual. Los estereotipos se vuelven de pronto “las pruebas infalibles” para esa posición blanconegrista del mundo. Muchas veces, los juicios no son más que aire lleno de odio, ignorancia, e incapacidad de cuestionarse las cosas.

Esto viene al caso por el incidente del barco con ayuda humanitaria que pretendía entrar a Israel sin ser revisado. He escuchado por allí comentarios dignos de Hitler mismo, condenando a todo un grupo de personas y poniendo a todo otro en un halo de inocencia total. Yo conocí médicos judíos que se dedicaban a tratar pro-bono casos de palestinos enfermos o heridos, y me consta que hay fanáticos que disparan sus misiles desde escuelas donde hay niños, escuditos humano, mártires convenientes. Ciertamente hay israelíes que aplauden el uso de la fuerza y las acciones actuales de su gobierno, pero hay otros que se oponen no sólo a eso, sino a que sean los religiosos los que gobiernen al país. En el lado palestino hay víctimas inocentes, asesinadas por cualquiera de los dos bandos, y hay también seres humanos que le niegan a un grupo de personas su derecho no sólo a habitar una tierra, sino a existir, y se solazan en el número de infieles muertos.

Cuando estuve en la Universidad de Jerusalén vi caminar por los pasillos a musulmanes, a judíos, a hindúes, a todo tipo de personas. En las calles la gente convive, comercia, intenta vivir con normalidad. Fuera de los políticos, a nadie le gusta la guerra. Quiero pensar que la gran mayoría de las personas que viven en Israel no apoyan las muertes ni de judíos ni de palestinos. Son los gobiernos y líderes religiosos intransigentes los que hacen imposible la paz. Decía Librado Rivera que mientras existan patrias habrá guerras, jamás existirá la paz sobre la Tierra. Cuando lo dijo, Israel no existía aún como tal, pero los judíos vivían allí junto con los palestinos y otros grupos. Según Librado Rivera, sin el apoyo de las bayonetas, ningún gobierno duraría 24 horas en el poder. Ciertamente desde Israel revisa los envíos de ayuda humanitaria,  prácticamente no ha sido lanzado ni un misil más desde Palestina a Israel. Previo al bloqueo, eran miles los que se disparaban. Pero las agendas políticas no tienen por prioridad a la gente. Al contrario; los seres humanos gobernados se vuelven un instrumento más. Si pasan hambre, si reciben la condena de la opinión pública, si se alimentan más los odios, no importa.

Ayn Rand opinaba algo parecido: Si los hombres quieren oponerse a la guerra, deben oponerse primero al estatismo. Mientras se tenga la noción tribal de que el individuo es sacrificable a favor del colectivo, que unos hombres tienen el derecho de mandar a otros por la fuerza, y que algún supuesto “bien” puede justificar esto, no podrá haber paz dentro de una nación ni paz entre naciones. El conflicto palestino-isarelí es simplemente eso. Benito Juárez, por su parte, lo tenía claro: separar la religión del gobierno. Es imposible que personas que literalmente creen que su chico caminó por las aguas o que llegó al cielo en un caballo volador estén tomando decisiones de las que depende la vida de los demás. No sólo es irracional y estúpido, sino también explica porqué este conflicto no es tan sencillo como para decir: estos son los buenos, estos son los malos. La triste realidad es que todo es un masacote color gris. La religión y los gobiernos, sin duda, son las dos plagas de la humanidad.

Cascando las nueces

Nada mejor para iniciar esta columna que un gerundio mal usado, pues me cascan las nueces los errores de sintaxis y gramática, y nada mejor que predicar con el mal ejemplo. De hecho hay varias cosas que me han jorobado cantidad en los últimas días y otras en general, siempre.

Una es el descaro de los políticos. Ya sabemos que son todos iguales y su única intención es embolsarse el dinero que le quitan los ciudadanos productivos, a los que generan riqueza a través de su trabajo. En este sentido son peores que los narcos (no los secuestradores y asesinos, sino los que comercializan droga nada más), porque al menos ellos ofrecen algo a cambio del dinero que reciben. Pero para los políticos el partido, la ideología, no es más que una máscara, una estrategia para hacerles creer a las mentes débiles que quieren bienestar para el pueblo. Es como esos peces de las profundidades con una lucecita que llama a los ingenuos para luego tragárselos. Ya nos habíamos churido como ostiones con limón cuando nos enteramos de las alianzas quiméricas PAN-PRD en algunos estados del país. Ahora tenemos a los trasvestidos. El candidato por la alcaldía de Ciudad Madero, Jaime Turrubiates, compitió hace tres años por el PAN y perdió; este año se puso abusado y usa los colores del PRI. Ah, chico listo. En Tampico, Magdalena Peraza, diputada suplemente por el PRI, ahora es la candidata del PAN a la alcadía de Tampico. ¿Posturas políticas, valores, ideas? No, más bien lo que sea por no quedarse fuera del presupuesto.

Otra cosa que me enardece son los hipócritas que lanzan la primera piedra cuando tienen una viga enorme en el ojo. Ahora con el derrame en el Golfo de México (que es una situación terrible y escandalosa por sus consecuencias nefastas en la vida marina) brotan de aquí y allá, como honguitos en un jardín con mierda de perro, gente muy ecológica que se apura a condenar a los siempre malignos gringos de tal desastre. Algunos desde el podio green-peacesoso, otros desde el espectro político. Me casca las nueces escuchar a señoras que pueden esperar a sus hijos una hora en la fila de la escuela, en sus camionetas de lujo de ocho cilindros, con el A/C encendido todo el tiempo, hablar de lo terrible del derrame. ¿Por qué será que las compañías petroleras hacen exploraciones profundas? Porque gente irresponsable como ellas usa la gasolina así, estúpidamente, por ejemplo. Me casca también que se asuma que es culpa de los gringos. A Pemex le han explotado sus plataformas también, como le podrían explotar al loquito de Irán, al Comandante Chávez o a cualquier árabe chochomillonario. Pero esta vez el error fue de la British Petroleum Company. Y un británico no es un norteamericano, hasta donde sé, ni una compañía representa a su país. ¿O acaso los mexicanos somos Telmex, somos Carlos Slim?

Me cascan las nueces también los que se creen tan moralmente superiores como para decidir qué vida vale más que otra. No miento, pero he escuchado a gente quejarse de los que oran por Gustavo Ceratti. No sólo es risorio que crean en los efectos de la oración y que además los piensen como algo finito: si los gastamos en el ex vocalista de Soda Estéreo, no alcanzarán para la gente “realmente valiosa”. La implicación es que Dios sólo puede atender cierto número de plegarias al día, así que no hay que saturar las líneas. Uff, no quiero ni meterme en esos temas. También estos días he escuchado a quienes se alegran por la suerte de Diego Fernández de Ceballos, alegando que se lo merece. Me recuerda a mis alumnos del ITESM que aplaudieron cuando el 9/11 miles de personas murieron en el ataque a las Torres Gemelas. Según ellos, se lo merecían, por gringos. Así con el Jefe Diego.

Ya en cosas menos brutales, también me da comezón la gente que cita cosas en Facebook, pero nunca pone al autor. Peor aún cuando citan trozos de canciones e igualmente, se ahorran el esfuerzo de atribuirle la genial idea a su creador. El tuerto es rey: nunca falta entre sus conocidos el ignorante que cree que esa frase de Sabina es producto de la mente de su amigo, el creativo. Podría seguir con todas las cosas que me cascan las nueces: habría tantas como para convidar a todas las ardillas y ardillones del puerto, pero el espacio es limitado. Además, estoy segura, yo le casco también las nueces a varios.

Señora, señora… paso, gracias.

Para Tere Blum, mi mamá

Esta vez escribo de algo blando e inocuo, como la avena recocida. O las mamacitas santas. Nada censurable en hablar de la madre, sobre todo en este (todavía) su mes, a menos que la palabra vaya precedida de ese verbo del que trata El laberinto de la soledad y un artículo posesivo. Yo, a pesar de que tengo un par de hijos, no soy “madrecista” ni fervorosa de la Guadalupana o el personaje de Sara García en las películas mexicanas antigüitas. No creo en el llamado instinto materno, pero no por eso dejo de sorprenderme cuando veo noticias de madres que matan a sus hijos, o permiten abusos a ellos por parte de novios, padrastros, parientes o sacerdotes; no deja de entristecerme cuando aparecen bebés abandonados por allí, niñas vendidas a cambio de cualquier cosa, o cuando me entero de casos de chicas “bien” que utilizan el aborto como método anticonceptivo de emergencia, a veces con la ayuda de sus propios padres. Tampoco creo que una mujer sea sublime sólo porque uno de sus óvulos fue fecundado y parió un pequeño ser humano y una placenta después de nueve meses. El acto en sí es fisiológico y no distinto del que realiza cualquier animal sano y en edad reproductiva.

Quiero pensar que la veneración materna debe obedecer a algo más allá del destino manifiesto de los mamíferos. Yo no espero que alguien me celebre porque hago lo que me toca hacer. Sin contar a las personas que desafortunadamente no han tenido acceso ningún tipo de educación o viven en situaciones tan precarias que los métodos anticonceptivos no están a su alcance, creo que el resto de las madres (y padres) no merecen un premio por cuidar a los seres que engendran. Uno tiene hijos, sea por voluntad, descuido, presión social, o mohína existencial, y debe ser responsable por ellos. Las hembras de cualquier especie es lo que hacen, alimentar a los críos y darles lo que necesitan hasta que son independientes. ¿Por qué entonces necesitamos un día nacional, un paro absoluto de labores, canciones cursilísimas, serenatas, poemas declarados y electrodomésticos prescindibles? Es como si premiáramos al bully de la escuela por no golpear a los otros. ¿Por qué celebrar que uno hace lo que le corresponde?

Después está la otra cara de la moneda. Este día sentimentaloide por el cual subsisten las florerías (que el negocio de las flores me parece lo más inútil y anti-ecológico del planeta) sirve para que muchas malas personas laven su conciencia con tan sólo un gasto extra en su madrecita santa. Los hombres golpeadores, irresponsables, los hijos parásitos que sólo estiran la mano y se quejan por no tener la ropa limpia a tiempo, los Gordolfos Gelatinos de este país, redimen sus culpas llevando serenatas a sus progenitoras, comprándoles una lavadora, alguna joyita, una pantalla enorme, o llevándolas a comer fuera, sólo para continuar con el maltrato y la violencia el resto de los días del año. El momento Hallmark no dura ni 24 horas.

Yo no quiero que nadie me trepe a un pedestal ni me pongan la desesperante canción de Denise de Kalafe, ni flores ni chocolates, por las barbas de Alá bendito. Sólo espero que me traten con el mismo respeto que se le debe a cualquier humano. No necesito a Pacholín ni Salchichita aplaudiéndome por lo que ya sé tengo que hacer. Paso.

Las cosas que uno hace

Hail, hail, hail!!!

Esta columna NO fue publicada en La Razón

para ver cómo me siento al respecto, dar click acá.

Uno puede hacer cosas (hasta lo indecible) por los amigos o por verdadera convicción. Por esperanza, por borreguismo, o por fe (la hay política, la hay religiosa) o por mera estupidez (que es casi lo mismo que la anterior, es decir, apagar la razón), justo como las familias de las consagradas al Padre Maciel pensaban que hacían algo bueno por sus hijas. Cof, cof. Pues bien, yo acabo de regresar de un evento proselitista con el próximo gobernador de Tamaulipas. No digo candidato porque aunque soy tan  homínida como el que más, nunca ha sido mi vicio chupar mi pulgar oponible. No podemos hablar realmente de democracia cuando los otros partidos de oposición, además de los chiquilines, no se han tomado ni la molestia de ensuciar nuestra ciudad con su propaganda. Un par de espectaculares azules por toda la ciudad, algunas paredes pintadas de amarillo y sol, pero no más. La ciudad tapizada con los colores de la bandera, todos los taxistas, microbuseros, petroleros y maestros con los letreros del “candidato” y la entrega semanal de despensas desde finales del año pasado (con sus rigurosas listas de beneficiarios): estamos ante una multimillonaria simulación de una parte y una gran incompetencia de la otra.

Nos citaron unas tres horas de que llegara el casi gobernador. Los expertos en crear redes, hacer contactos, saludar a las personas indicadas y pulir traseros estratégicos, no perdieron su tiempo. Yo conté las mesas y multipliqué por las sillas: 1,440 gorrones al desayuno, más los parados que no alcanzaron lugar, tal vez unos 1,500, sin contar a los meseros, camarógrafos y fotógrafos. El aire acondicionado funcionaba a la perfección, los baños limpísimos y sobrados en número, los meseros que acudían prestos al llamado del café, se respiraba un ambiente de “en Tamaulipas todo está perfecto”. Al llegar, las edecanes (casi todas rubias artificiales) indicaban la mesa asignada al gremio de cada uno: estábamos los artistas (debo incluir una sonrisa sarcástica cuando digo la palabra), maestros, funcionarios en activo, los retirados, deportistas, empresarios, mecenas, promotores culturales, líderes de esto y aquello, las barbies que yo supongo eran el accesorio de ciertos hombres de poder, etc. El menú: café, jugo de naranja natural, plato de frutas, chilaquiles con inoculación de pollo y frijolitos. La música de fondo: la canción del candidato que subliminalmente se grababa en nuestros cerebros a fuerza de escucharla vez tras vez. Sobre la mesa, un librito para cada quien, en papel brillante y full-color sobre las buenas intenciones y promesas para Tamaulipas de este hombre.

Al fin llegó el tan esperado. Casi todo mundo se puso de pie, en un reflejo cuasi-católico; hasta me pareció escuchar una campanita en la lejanía. No sé si la gente se paraba para verlo, o para que él viera que estaban allí, o simplemente porque todos lo hacían y hay personas muy miméticas. Yo por supuesto permanecí con mi trasero bien pegado a la silla. Con mi reducida estatura no haría mucha diferencia de todas formas y ciertamente la plática con mis compañeros de mesa era mucho más interesante: había una barbi teñida de rubia en la quinta década, bronceado de máquina, cuyas piernas eran realmente perturbadoras y no de una manera positiva. Luego vino el largo proceso de que el candidato pasara por cada mesa y estrechara nuestras manos. No se me ocurrió llevar el gel desinfectante. Sólo dios sabe en donde hayan estado las manos de todos esos asistentes. Luego vinieron las fotos grupales, las sonrisas obligadas y el protagonismo de algunos. Después el discurso, agradecimientos, apoyos visuales en pantalla, aplausos y supongo que una que otra lagrimita.

Afuera, el calor era abrumador. Quemaba estar a la intemperie. Dice la radio que la sensación térmica es de 45ºC. Salí en mi auto, atrás de camionetas nuevísimas y lujosas (gente bien o narcos, ya se sabe que los gustos automovilísticos a veces se sobrelapan). La calle que da al centro de convenciones estaba flanqueada por estudiantes de prepas públicas y señoras de colonias populares que sostenían banderas con el nombre del candidato, su partido, y saludaban y gritaban con un triste entusiasmo. Quién sabe desde qué horas esperaban la salida del candidato. Sentí pena por ellos y alivio por irme de allí. Algunos reciben torta y refresco por su voto. Otros, desayuno en el centro de convenciones. Todos somos acarreados, pero unos más VIP que otros.