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De gigolós y vividores

lead_large.jpgDecía una amiga divorciada que si tuviera un peso por cada vez que lava los trastes o pone una carga de ropa sucia en la lavadora, ya podría haberse pagado un gigoló durante varios meses. Desde luego no suena mal nada eso de tener buen sexo con un hombre que está allí para complacerla a una. Siendo realistas, tras un día de maternidad o de trabajo fuera o dentro de casa, siempre terminamos muertas de cansancio y listas para dormir antes de las diez de la noche. Pero en el hipotético caso de que tuviéramos el vigor y el dinero en la mano, ¿cómo encontrar un gigoló? Lo más fácil sería llamar a un servicio de “escorts” masculinos; seguro que ya existe alguna aplicación para pedir un joven galán con la misma facilidad con la que se ordena una pizza. El único problema sería decidirse por uno de los tantos en el catálogo. La triste realidad es que no siempre vivimos en una ciudad grande y de mente abierta en donde exista esta clase de servicios. Eso nos deja entonces con los amateurs. Ante esa realidad, la cuestión que nos concierne es cómo distinguir a un verdadero gigoló de un vividor. Todos conocemos una historia así: mujer necesitada de amor se topa con hombre gandalla que termina desplumándola hasta que ella reacciona por fin.

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Vamos a las definiciones básicas: un gigoló es distinto a un prostituto cualquiera en el sentido que no recibe dinero a cambio de sexo y ya. Más bien se trata de un guapo que le da sexo increíble a una mujer, la hace sentir fabulosa, deseada, y ella, agradecida y feliz, paga las cuentas gustosamente. El vividor estándar, en cambio, es un perdedor por naturaleza y un estafador por necesidad. Ya que estamos definiendo lo obvio, una estafa es un engaño con fin de lucro. Dar gato por liebre, pues. Y como las personas no suelen venir con un letrero que nos advierta de sus malas intenciones, hay que aprender a leer las señales que deberían de ser evidentes, pero no siempre se perciben a primera vista.

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Mientras que el gigoló suele ser joven y mantiene su cuerpo en perfectas condiciones, pues es su herramienta de trabajo, el vividor suele tener algún rasgo atractivo (ojos bonitos, por ejemplo) pero el resto del cuerpo comienza a mostrar el descuido de los años: panza, calvicie, achaques. En su mente, claro, todo sigue como en sus mejores tiempos y de allí que mantenga la actitud de que las mujeres son afortunadas sólo por tenerlo junto. Su vanidad le impide ver que el verdadero necesitado es él. Por su parte, el gigoló sabe que hay que trabajar para obtener remuneración: el vividor cree que sólo por existir tiene derecho a que otros lo llenen de regalos, a cambio de nada de su parte. La percepción objetiva de la realidad es el mejor arma del gigoló; el ego tan grande que nubla la propia razón es el talón de Aquiles del perdedor que quiere vivir a costa de las mujeres.

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Otra diferencia importante es que el gigoló es próspero pues se toma en serio su papel: tiene su propio lugar para vivir, vehículo. Va asiduamente al gimnasio, lleva una vida sana, tiene una lista de clientas, es organizado, lleva sus cuentas, y hace bien su trabajo. En otras palabras, se esmera y se desvive por complacer a su dama en turno, llenándola de caricias, besos y cumplidos. Le hace sentir que el suyo será el dinero mejor invertido y jamás la decepciona: le proporciona sexo apasionado, candente, con toda la voluntad de complacer. Es cariñoso, la escucha, la hacer sentir bien en todos los sentidos. En cambio el perdedor/vividor pocas veces tiene lugar propio para vivir y por lo general brinca de la casa de una mujer embaucada a la siguiente; nunca tiene dinero, pero siempre está lleno de planes y negocios fabulosos que le traerían gran prosperidad si tan solo alguien quisiera invertir en su gran idea. El perdedor es el típico que “olvida” la cartera cuando sale a comer con su pareja, o el que está esperando perpetuamente un dinero que le deben por un trabajo que ya hizo. Ya en la cama, el perdedor hace honor a su nombre: su desempeño sexual es bajo, mediocre o nulo. A veces la razón es que su cuerpo ya en franca decadencia no responde como antes (el sobrepeso, el cigarro, el sedentarismo pasan factura), pero en la mayoría de los casos es por su falta de interés: entiende el sexo como una masturbación en la que, en lugar de su propia mano, se usa a otra persona. El proceso culmina con su eyaculación y, con frecuencia, con un darle la espalda a la mujer y sumirse en un profundo sueño.
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Si el gigoló es felizmente recordado por sus clientas y por lo mismo recurren a él una y otra vez, el vividor, una vez develada su naturaleza, sale para siempre de la escena. Como corresponde a su baja naturaleza, se defenderá diciendo que todas las mujeres con las que ha salido están locas. Ser la víctima constante de las malas mujeres en su vida será su carta para atrapar a su próxima presa. La idea de este artículo es no ser justamente esa persona. Good luck and enjoy!